A sentir también se aprende (lo dije primero)

ética animal

El argentino Andrés Calamaro, con su “banda de amigos” –como titula el diario La Nación al anunciarlo–,[1] lanzó recientemente una revista digital de “culturas y delitos” que seguramente se encargará, en su momento, de difundir el libro que está escribiendo acerca de la tauromaquia.

Llama la atención su obsesión a favor de los puñales que, a diferencia de los que le clavaba la flaca, no puede negar que duelen. Pero no a él. En recuadro especial aparte, el reportaje que le hacen en Página 12 el domingo pasado, el creativo cantante afirma que “Para hablar de toros hay que aprender a ver primero y sentir”.[2] No se puede descontextualizar: sabemos que quiso decir “corridas de toros” –no “toros”, y aprender a sentir –sin empatía, más bien con desprecio e indiferencia enseñadas, pues por supuesto no aprendemos sino de otros humanos–. No es hora de clases de ética animal y ya sabemos cómo funcionan los discursos ideológicos. Por ejemplo, cuando el Reglamento taurino dice que se denomina rejoneo al “torear a caballo, y especialmente, a herir al toro con el rejón, quebrándoselo por la muesca que tiene cerca de la punta”, uno ya empieza a “sentir”, y desde ya a entender racionalmente, que ni siquiera estaremos navegando en las aguas del minimalismo bienestarista.

Pero la afirmación que hace más ruido, por parte de quien titula su último álbum con la frase que designa el movimiento de piernas de los toreros para engañar a los toros, “cargar la suerte”, es esto de que la tauromaquia es 

el último refugio de lo auténtico, es algo que sublima la existencia del animal y del hombre humano, y las mujeres. Al mundo le importa «comer o no comer». Prohibir las corridas de toros es la última traición al arte y la cultura. Querer igualar lo distinto es un crimen imperdonable. Es la peor expresión de la política social demócrata.

Dejo “al hombre humano y a las mujeres” la reflexión acerca de cómo se construye convivencia y de qué tipo, cuando la igualdad se convierte en opinión subjetiva y el arte y la cultura en daño a quienes, a diferencia de Calamaro, no tienen un concepto del terror. Tal vez por eso cuando lo sienten les inunda el el cuerpo y la consciencia toda. Las adscripciones a una supuesta teleología inscripta en la naturaleza del toro son prejuiciosamente dogmáticas para quien se define amoral y más allá del bien y del mal.

Mientras tanto, una increíble enredadera de fuerzas artísticas se aproxima. Lamentamos que el poeta no vaya a aportar sus “afiladas verdades”.

Notas

[1] Gigena, Daniel, “Andrés Calamaro y su banda de amigos lanzan una revista de ‘cultura y delito’», La Nación, 8 de enero de 2019. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/2208971-andres-calamaro-su-banda-amigos-lanzan-revista, al 21 de febrero de 2019.

[2] Fernández Romeral, Diego, “Andrés Calamaro y la música, la vida, la cultura y el delito”, Página12, 17 de febrero de 2019. Acompaña al título una frase del reportaje: “Creo que estoy donde tengo que estar, donde quiero estar.” Creer que tenemos que estar en un lugar es un convencimiento que surge de poder elegir. Por ejemplo, poder elegir el no ser torturado ni asesinado “en nombre de” (o de cualquier otra manera).

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