Cuando lloran las ovejas

En el sur argentino, la erupción del Puyehue instaló una capa volcánica letal sobre la tierra ya reseca. Treinta centímetros donde los pies se hunden como en una trampa.

Los dueños de las ovejas del lugar lloran las pérdidas. Las “pérdidas” son seres de carne y hueso perdidas en el agónico sufrimiento de una muerte que llega con lentitud. Algunas personas, se comenta por ahí, se quedaron con los fardos de alimento que debieron llegar para salvarlas. Muy pocas ovejas pueden rescatarse y, de las trasladadas en camión, no todas llegan vivas, debilitadas como están por el estrés y la falta de comida.

Los productores lloran y se quejan porque esquilar ovejas con ceniza no rinde para nada. Las ovejas lloran y se quejan por motivos más elementales: hambreadas y esquilmadas, apenas subsistiendo. Otras, soportando incluso una esquila de regalo antes de caer para no levantarse más. Cuando una de ellas muere, muchas de sus compañeras se acercan y la rodean, la huelen, y comienzan a balar reconociendo la partida definitiva. Lloran como las vacas lo hacían en los tiempos en que mataban a una en el campo y el resto llegaba desde lejos a rodear el pasto ensangrentado, para mugir expresando su dolor hasta el amanecer.

Anteayer, una oveja de pocos meses encerrada junto a otras en un corral, me recordó esta historia de cenizas. Tal vez ya la hayan matado, si alguien la eligió para comérsela en estos días.

Ahora, mientras pienso en las ovejas que seguirán llorando en el sur, escribo rodeada de las explosiones por los festejos de Navidad, tan lejos de este drama estepario como de los tantos otros que suceden a diario. Mucho estruendo. Demasiado para oídos casi sordos. Acaso si alguien convive con compañeros perros pueda comprender que la fiesta sólo es posible adentro de uno, pues ese mismo estampido también puede significar el espanto si se sufre miedo porque sí, como ellos, o porque se ha vivido el pánico de una guerra. O tal vez se pueda sospechar que para otros animales esas estampidas son señal de máximo peligro, por ejemplo, por la manera en que los pájaros alertados huyen de los árboles en los que dormitan.

Este problema de sordera que tenemos ante el decir de los animales me recuerda las palabras de Laura, la protagonista de La voz de los otros, al preparar su próxima charla: «Los millones de animales no humanos torturados y masacrados a diario están gritando. Su lenguaje es hoy, todavía, entendido por pocos. Si pudieran hablar, un ensordecedor reclamo de liberación haría vibrar el planeta y, tal vez más aún, todo el Universo.” Como le pasó a ella, a veces no se logra abrir la boca para defenderlos. Por suerte, para fin de año, podemos festejar que la mayoría de las veces, si queremos, sin duda vamos a poder hacerlo. Brindemos por eso de la manera más animal posible.

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