Del humanismo moderno al humanismo humanitario

Acerca de la nota “Diez rarezas del mundo veggie”.

La indignación no fue mi primera reacción ante la nota de Gabriela Saidon con la reseña de su propio libro, aparecida hoy, 28 de agosto de 2016, en la revista Viva de Clarín [1] Después de todo, Mondo Verde, su libro, tenía que ver con el eje temático pautado en el subtítulo respecto de cuáles son las Mentiras y verdades de la ecología. Sin embargo, al llegar al punto 4 de la nota, la demanda de uno de mis perros me permitió la excusa para tomar un poco aire fresco.

Lo cierto es que, por varias razones, el análisis crítico del discurso social y jurídico es una de las tareas que hago en pos de la defensa de los animales no humanos. Y en este caso, el punto cuatro me llevó a pensar notoriamente en una de ellas: la necesidad de contrarrestar el mantenimiento de la normosis de uso que directa o indirectamente reivindican estos discursos. Así que, aunque no estoy segura de por qué la autora de la nota ha incurrido en tantas confusiones, voy a hacer una “toma del caso”, aceptando la posibilidad de vacíos o inexperiencia de quienes defienden a los animales no humanos masacrados a diario a los que la periodista ha tenido acceso. Seamos conscientes también del esfuerzo que los medios vienen haciendo para desacreditar una posición innegociable.

El corte autoreferencial de la nota remitiendo al libro de similares características corresponde al de una crónica periodística con alta carga de opinión. Mi punto es que la observación y análisis que desde su primer “choque” con Earthlings dice hacer la periodista, refuerza con esmero la barrera humano /animal que ha justificado y justifica el uso normalizado de los otros animales como mercaderías. De allí que ella acople la noción de evangelización con lo que es -o debería ser- consecuencia de una postura ética normativa, sin que interese cuál sea.  Solo así puede referirse a lo que denomina vegangelizar. Este tema no debería siquiera rozar estratos fuera de la ética por la ausencia argumentativa que presenta una reflexión metafísica, religiosa o no.

A partir de aquí pasaré a contestar punto por punto:

Dos. Earthlings no es una película de terror. Es un documental que lo expone. Es la constancia de la institucionalización del horror y del sometimiento, encargada de alivianar el impacto que provoca enterarse de lo que sucede a quienes se lo impartimos a diario “en carne propia”. La comparación con el del mundo veggie” a la que alude Saidon, debe haberla encontrado en los recovecos de algún grupo con integrantes catárticos de esos que abundan en las redes sociales. No es la analizada en las investigaciones y escritos de especialistas en la llamada “cuestión animal”. El holocausto animal es comparable con el holocausto nazi no precisamente por lo que Saidón asevera de que “engordar una vaca o un cerdo para alimentar humanos no es comparable con adelgazar poblaciones enteras de personas para terminar arrojándolas a grandes pozos devenidos tumbas NN.” No, el llamado holocausto animal es incomparable en el sentido en que ella quiere hacerlo sucumbir. No es un genocidio, no es un crimen de lessa humanidad. En un ensayo por venir tematizaré esta comparación incomparable.

Tres. Respecto de que en la India no hay un vegetarianismo ético, no es la novedad con la que pretende clarificar el asunto. Sabemos el papel de los bovinos en la agricultura de la India, por ejemplo. Pero es sin embargo un enfoque reduccionista pasar por alto las diferencias entre las tradiciones filosóficas orientales con las occidentales en relación a la relación con la naturaleza y los animales, tanto como lo es olvidar cuánto ha contribuido Occidente a extender el mercado de los productos que fabrica. Respecto a que el mundo “veggie” en Argentina, “prende en las capas medias, que pueden elegir qué comer”, claramente es posible otra conclusión: son las condiciones históricas, con todo su peso socio-económico las que hacen que lo más barato sean no solo los animales alcanzables “a la mano”, sino también los industrializados junto a numerosas preparaciones que son comercializadas como “alimentos”. La manera en que se induce a apreciar determinados productos también está hecha para incentivar su consumo y cavar una profunda brecha entre lo que se ingiere y el origen mismo del alimento. Por solo poner un ejemplo, preguntémonos cómo llegamos a considerar a los lácteos, asociados a más de 100 enfermedades, un alimento “sano y natural”. En 1960, había un gran excedente de producción láctea. Las empresas se lo vendieron a sus respectivos países para que lo donaran en ayuda humanitaria y de paso les hicieran propaganda. Pero ocurrió que la mayoría de los ayudados no digería la leche, por la ausencia de lactasa. Los bebés alimentados con mamadera, además, se enfermaban rápidamente y muchos morían. En 1973 se hizo una campaña en Gran Bretaña, llamada The Baby Killer, que en Suiza fue llamada “Nestlé mata a los bebés”. Esto sucedía porque al no ser amamantados le faltaban las defensas maternas. En Argentina, además, se usaba agua contaminada para preparar la leche en polvo. Y los avisos de “hervir el agua” estaban en otro idioma o la gente a quien llegaba no sabía leer. Los gobiernos luego empezaron a recomendar que se hirviera el agua, pero olvidaron decir que esto sólo es útil para eliminar bacterias, y que no sirve contra nitratos o metales pesados, agravando la presencia de esto metales tóxicos. Pero esta historia es un detalle. Actualmente la mayoría de la gente se identifica con las marcas de una comida, no importa cuántos pesticidas, fungicidas, estabilizantes, colorantes, aditivos, tóxicos o sintéticos tengan incorporados o alrededor. Los chicos en general piensan que la comida viene del supermercado. Y va de la mano de los institutos oficiales que enseñan que “la carne nos hace fuerte” y las mentiras que declaran que la vaca “nos da la leche”.

Cuatro. El punto que me llevó a tomar aire fresco, dado que aquí aparecen problemas coyunturales que, dada mi profesión de abogada, me atañen en forma particular. Hace tiempo que recalco la idea de que “los veganos”, sean quienes sean, activistas o no, abogados o rescatistas, arquitectos o maestros, jardineros o plomeros, padres o hijos, altos o bajos, etc., no somos ni debemos ser aquello a ser “enfocado”. Gabriela Saidon acota que hay “abogados veganos que defienden los derechos de las ‘personas no humanas’ (comúnmente conocidos por ‘animales’), comparables con los de los ‘animales humanos’. Así ocurrió con la orangutana Sandra, a quien…” Luego, el lugar común: que se le concedió un habeas corpus que no sirvió para nada. Pero lo cierto es que la línea de lucha identitaria a la que se refiere, no es seguida solo por abogados veganos ni por todos los abogados veganos. La nota dice: “Ahora está sola en su jaula porteña. Allí morirá”. Lo sabemos: para algunos animales no humanos llegamos demasiado tarde. Pero si ella estuviera ahí adentro y hubiera podido elegir pasar el resto de su vida en un medio similar -apenas similar, claro- a aquel que le usurpamos, tal vez no le importaría siquiera que esta línea de acción tenga pocas posibilidades de triunfo en el mundo jurídico de las “personas”. También tendré mucho más que decir respecto de estos conceptos.

Cinco, otra vez “los veganos”. Al parecer la periodista conoce a “veganos que utilizaban botas de cuero”. Como si no fuera necesario aclarar si no podría por ejemplo tratarse de personas que seguían utilizando lo que tenían, más allá de estar o no de acuerdo con esto. Pero está fuera de mi objetivo analizar las variadas circunstancias que podrían evaporar la ironía que brota de este punto. Lo mismo vale para la mención de quienes, según ella afirma, no pueden superar la represión y comen “crema o queso casi a escondidas”. Por lo demás, el veganismo no es un estado de pureza. Vivimos en un mundo que funciona sobre una explotación avergonzante, por lo que es obvio que la muerte o daño indirecto estará presente siempre, tanto como es obvio que no conmueve este dato los cimientos de una ética de respeto por los otros animales sintientes. Aquí procede la cita obligada a Bertonatti, quien fue capaz de decir aquella frase memorable en la historia de los derechos animales: “Para evitar que se maten animales, la única solución es dejar de comer”. Dije bien, de los derechos y no de los anti-derechos animales, porque repite ese absurdo que revela la falta de argumentos de las posiciones pro-matanzas.

Pasaré por alto el punto seis. El “crudiveganismo” y el veganismo juntos como abogando ambos por volver a lo que parece ser un “estado de naturaleza”, es demasiado incorrecto. No sé qué fuentes tomó para adjudicar esta conclusión al crudivorismo, esa variante alimenticia que podría también incluir la ingesta de “carne” cruda, como la protagonista de un cuento inédito Gabriela [2]. Pero no es la que informa a las posturas éticas que llevan a no usar animales. No se trata de volver a ningún “pasado idílico”. Y en lo que a mí respecta, no ceso de pronunciarme contra la necesidad de negar toda naturalización dentro de la cultura humana.

Siete. Un guiño a Monsanto. Paso.

Ocho, referencia a los emprendimiento verdes que en definitiva son, dice, otros “modelos de negocios”, aludiendo al circuito verde de restaurantes, ferias y muestras que promueven “estas prácticas”. Tiene razón en que el verde “se convirtió en símbolo de todo lo bueno (o en argumento de venta, según cómo se lo vea).”

Nueve. Se queja de la falta de reconocimiento de las propias contradicciones que ella señala en los “veggies”. No podría responder a este punto, en realidad. El concepto de “veggie” ya de por sí es contradictorio.

Diez. El mundo idílico y puro, imagen verde una Tierra “descontaminada” como posibilidad futura le parece un imposible. Lo es, sobre todo por eso que alude acerca de un planeta poblado sólo por “personas sin maldad”. No sé si pretende cuestionar también la idea por utópica o -a lo Bertonatti- para justificar sus ganas de seguir comiendo “patas de pollo”, asociándolo a la rúcula cultivada en el balcón, como si los ecologistas fueran tan ingenuos como para pensaran que esto detendrá el derretimiento de los glaciares.

Ahora mis colegas y compañeros de activismo me están retando: “con esto sobra”; “no vale la pena”. Menos mal que eran solo diez puntos. Pero lo cierto es que este tipo de notas/libro, nos recuerdan que el veganismo es la mayor resistencia a la opresión de los animales no humanos: las falacias y las incorrecciones factuales siempre compusieron el ataque contra las causas que demandan justicia e igualdad.

Notas

[1] Saidon, Gabriela, “10 rarezas del mundo veggie”, revista Viva, de Clarín, 28 de agosto de 2016, p.28-29.

[2] Ver Revista Anfibia, Autores. Disponible en http://www.revistaanfibia.com/autor/gabriela-saidon/ al 28 de agosto de 2016.

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