Domesticando al lobo

Recientes investigaciones antropológicas señalan al lobo como el ascendente más directo del perro doméstico. El biólogo Raymond Coppinger y el lingüista Mark Feinstein, de Massachusetts, consideran que el perro es un lobo que ha quedado en lobato, una especie de perpetuo adolescente. Tal vez de allí su comportamiento lúdico y juvenil, aún en edad adulta. Aunque no se conocen todas las respuestas al proceso ecológico que originó esta evolución, queda claro que hoy el perro depende totalmente del hombre para su supervivencia.

El acuerdo fue tácito y las concesiones mutuas. Pero la historia demostraría que los dares fueron del perro en una impresionante mayor proporción que los tomares.

Aprovechando su natural sumisión al líder de la jauría, el humano lo entrenó para servirle de muy variadas maneras. Para cuidar su casa, su familia, su rebaño. Para jugar con él y entretener a sus hijos. Para cazar, rescatar víctimas de catástrofes o de accidentes, guiar ciegos, detener criminales. Para engrosar su cuenta bancaria haciéndolo actuar en películas, intervenir en concursos, generar una valiosa lechigada. Incluso fueron usados para la guerra y para limpiar la ciudad de sus propios desperdicios. Poseedor de un lenguaje que el hombre apenas conoce, el perro demostró hasta qué punto su mayor dar es, sobre todo, una afectuosa compañía. Accede al mundo de niños con graves disturbios mentales y autistas, al pozo de los deprimidos, a la soledad de tantos residentes en instituciones geriátricas. Quienes pasaron por un ataque cardíaco, si tienen perros o gatos esperándolos sufren significativamente menos recidivas que quienes no los tienen -como lo probó el psiquiatra Aaron Karcher, de la Universidad de Pennsylvania-. Hace tiempo se sabe sobre las propiedades para tranquilizar y disminuir la presión arterial existentes en el acto de acariciar a un perro o a un gato, efecto que se potencia cuando se trata del propio.

Alimento, abrigo, compañía, protección de su vida e integridad física, respeto por los intereses propios de su especie. Estos son los deberes que el humano no cumplió de una y mil formas. En un acto de dominio y posesión común por otro lado a los demás animales y a la naturaleza toda, rompió a su antojo aquel acuerdo y traicionó la confianza del animal que trajo a su lado. Viola el derecho a la vida y el de vivir de acuerdo a la naturaleza del animal, lo que supone la consecución de sus propios intereses físicos, de comportamiento y psicológicos. Se desprende de él o lo sacrifica según conveniencia personal, cualquiera sea ésta, porque es muy viejo o porque es un cachorro insoportable, porque ladra mucho o porque no ladra, porque es muy dócil o porque es muy independiente, porque se va de vacaciones o porque deja de estarlo. Genera razas que sufren graves problemas de salud como consecuencia de las manipulaciones genéticas a que son sometidas. Los mutila cortando sus orejas y colas para dudosos cánones estéticos. Los entrena para el ataque convirtiéndolos en perros que acaban mordiendo lo primero que se mueve a su alrededor, en vez de utilizar su natural inclinación a la guardia. Los lleva a laboratorios donde sufren los pesares que no serían admisibles siquiera imaginar en el perro con nombre que convive junto a él. Los obliga a luchar a muerte por dinero y los entrena para carreras competitivas extenuando sus cuerpos prematuramente para acabar ahorcándolos con total impunidad. Permite su desmedida reproducción para remediarla, nuevamente, con la muerte. Esto sucede en el mismo mundo que reconoce ampliamente la riqueza sensitiva de este animal y valora su incondicional afecto.

A diferencia de los humanos, los perros no necesitan teorizar acerca del amor. Simplemente lo demuestran, una y otra vez. Como en relación con todos los animales, ha llegado el momento de incluirlos en el círculo de nuestras consideraciones éticas.

Una versión simplificada de este artículo fue publicado en el diario «La Unión» de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, el 17 de marzo de 2001. Con final adaptado fue publicado en el mismo diario, suplemento «Nosotras Hoy», el 22 de diciembre de 2001.

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