El carnicero que entiende la discriminación a los vegetarianos

La nota de Clarín se presenta como una anécdota, como una historia casi graciosa por sus aparentes contradicciones. A Miguel Orlando Gambarte, el asco que siente por la carne desde los diez años lo obliga al vegetarianismo, simplificado en una “cuestión de gustos”. Lo que no le impide dedicarse al heredado oficio de carnicero. Su versión en línea está aquí.

El sufrido carnicero neutraliza lo que huele como un insoportable olor a carne –el olor de los muertos podríamos decir– con agua y lavandina, consiguiendo una asepsia que “envidiaría cualquier hospital público”. No corta el hígado, víscera que segrega… ¡sangre! Como si no corrieran ríos de sangre para que ese animal llegue al mostrador. Gambarte  se siente discriminado: “Voy poco y nada a comer afuera. Siento que me tratan mal, que me discriminan. No sé qué pensarán los militantes del veganismo, pero yo estoy cada vez más incómodo.” [1] Luego cuenta su indignación cuando el pibe al que le pidió un sándwich vegetariano osó agarrar al tomate “con el mismo guante con que antes había agarrado el jamón para otro sánguche…  […] … La gente no está educada para tratar a los que tenemos gustos diferentes”. [2]

No importaría referir esta historia si no fuera por su confusión con el veganismo. Su autor,  H. Firpo,  dice que, según “los que saben”,  “es una filosofía que excluye todas las formas de crueldad hacia el reino animal” [3] No me encuentro entre los que saben, pero he dado un concepto del veganismo que, sin aspirar a ser el único, no tergiversa su sentido. [4] Además es necesario recordar que no existe ningún “reino” animal. Ni vegetal. Ni mineral. Los únicos “reinos” son los creados por humanos.

En épocas no muy lejanas, una nota de este tipo no hubiera hablado de veganismo ni hubiera dado cuenta de que “lo interesante de Gambarte es que todo su rechazo deja de lado discursos y militancias sustentadas en el respeto a los animales”. No se puede decir que el autor de la nota haga otra cosa que no sea receptar lo que le manifiesta su entrevistado. En este sentido, es una nota neutral. Pero sabemos que el concepto de neutralidad siempre es relativo. Por lo pronto, el autor nos señala que el carnicero “no come pero dejar comer”. [5] Y al hacerlo no hace más que reproducir ese discurso extraño, como vacío de Gambarte, al cual no le interesa la definición craqueleada que le cita Firpo. Obviamente que no, por eso come helados y no ve nada cuestionable éticamente en el uso de los animales no humanos. La cuestión reside en ese trauma con los animales convertidos en “carne” que no le importa que otros ingieran, porque entiende que es una cuestión de gustos.

Entre los muertos cuyos cuerpos vende, el carnicero posa para una foto ilustrativa en el “mini-frigorífico” de su negocio, llamado “Toro Loco”. Y pienso que esto bien podría ser, para quienes defendemos a los animales de esta esclavitud, un símbolo del absurdo. La locura que los toros no tienen se entrecruza con lo útil que le resulta al statu quo este “caso único” –como lo llama el subtítulo de la nota–. Se trata, después de todo, de “vivir y dejar vivir”. Exceptuando a los otros animales.

La foto con la que ilustro esta Crónica, muestra el frente de una conocida cadena de carnicerías de Buenos Aires. Su nombre, al menos, es bien paradigmático: RES. O sea, “cosa”.

el carnicero vegetariano

Ana María Aboglio.

Notas

[1] Firpo, Hernán, “El carnicero vegetariano”, Clarín, 29 de enero de 2017, p.8.

[2] Ibidem

[3] Ibídem.

[4] En “Derechos animales. El enfoque abolicionista”, publicado el 25-6-07, definí el veganismo como: “una actitud de respeto hacia toda la vida animal no humana sintiente que implica un modo de vida donde se evita voluntariamente su uso, su consumo o la participación en actividades derivadas de su esclavitud, explotación y muerte”.

[5] Ibídem nota 1.

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