El costo ético de ciertos sentimientos

Refiriéndose el concepto de esquizofrenia moral al que Gary Francione alude usualmente, el profesor de Economía de la Universidad de Oklahoma y promotor del bienestar animal, Bailey Norwood, afirmó que no había tal cosa en las personas que trataban de una manera a un perro y de otra a un cerdo, dado que sabían muy bien que los cerdos eran seres tan sensibles como los perros. Dijo que él come carne de un cerdo y a su vez tiene a un perro como su mejor amigo, no porque esté confuso acerca de algo ni por no haber sido educado acerca de la inteligencia de los cerdos o de las granjas industriales, sino porque proceder así es producto de aquello para lo que los animales sirven. [1] Esto último lo escribió sin aclarar, pero se entiende, que este “servicio” es impuesto por una determinada cosmovisión del mundo. Su pensamiento es similar al de los que, en su momento, consideraban que algunos humanos servían para esclavos y otros servían para ser sus propietarios.

Declara entonces Norwood que no hay “ninguna confusión”. Por lo pronto, sí hay una. La del propio Norwood respecto de su lectura del asunto en cuestión. Porque la idea de esquizofrenia moral no alude a la confusión de una persona, sino a la falta de coherencia ética que significa justificar un tratamiento desigual para casos iguales, lo que se hace con argumentos endebles, cuando no absolutamente inaplicables al caso. La mención de Francione no alude a la esquizofrenia como enfermedad mental sino al “modo ilusorio y confuso en que pensamos acerca de los animales como tema social/moral”. Agrega el economista, señalando el ejemplo de los cazadores tomado por Francione para ilustrar el tema, en el cual los mismos se compadecen y preocupan por un ciervo accidentado, que si no se entiende porqué los cazadores son capaces de ayudar al animal, no se entiende una sola cosa acerca de los cazadores.

Como para comprender algunas cosas acerca del perfil de los cazadores, vale la pena mencionar al otrora poderoso funcionario del gobierno nacional, quien en febrero de 2004, en Viedma, se disparó un tiro a sí mismo en un accidente que le destruyó media pierna e hizo peligrar su vida. El hombre sufrió muchísimo dolor y una serie importante de operaciones, más cantidad de rehabilitaciones que deberán proseguir durante años. Después de todo ese sufrimiento, y mientras continúa con el juicio que le entabló a los fabricantes de un arma de puño considerada como la más potente del mundo, usada por este geólogo santafesino para matar jabalíes, ya se siente listo para continuar… matando jabalíes. Podemos imaginar que otra persona hubiera podido reflexionar respecto de su propio accionar, en medio de todo ese dolor que ha tenido que pasar, eligiendo dejar de matar a otros. Dejaría de “sentir” como cazador. No es el caso. Incluso para descansar del estrés del trabajo, se entretiene ahora también con sesiones de pesca. Podemos suponer que se deberá entender que tampoco “mata” a ningún pez, porque la manipulación por el lenguaje es el apoyo usualmente empleado para justificar la violencia en las relaciones y permitirle una ausencia con aviso a la verdadera compasión. Cité algunos de los argumentos que suelen usarse para apoyar estas actividades en Los asesinos de los días de fiesta. También propuse ahí una idea sencilla para conciliar la ética con estos sentimientos de violenta agresividad. [2] Pero para una auténtica solución al problema de fondo, es necesario que el especismo no tiña de sangre nuestra relación con el resto de los seres sintientes del planeta.

Cierto es que el cazador accidentado no está confundido. Cuenta que: “Con noches de luna, espero en una aguada. Y le pego el tiro a donde pueda. Qué se yo, es imposible explicarlo. Cazar es apasionante, está en la naturaleza.” [3] Trata de hacer lo que pueda, empleando un arma que –vamos a precisar el lugar de ubicación– está en “su” naturaleza. Como “matador”, cumple con todas las disposiciones legales y administrativas relativas al manejo de un ser perteneciente a una especie que en Argentina se cría para proveer a los cotos de caza. No va a ir preso por “cazarlo”, término que prefiere al de “matarlo” (aunque hay cazas sin la finalidad de matar), pues respeta las leyes de conservación y “protección” de la fauna. ¿Suena éticamente esquizofrénico lo que escribo? Así es, pero no sólo por la internalización del especismo como prejuicio individual, sino también porque el especismo se afirma como un privilegio del poder, uno que se defiende y regula de manera ecológicamente sustentable, como lo demostraron las autoridades de San Luis mediante la sanción del Decreto Nº 547/09 que veda la caza del jabalí por 5 años en toda la provincia. Es que si se extinguen, además de una merma en el negocio y una especie menos para entretenerse, los pobres cazadores no podrán sentir compasión por los animales que se pueden accidentar. En realidad, no considero que el concepto adecuado sea el de la compasión, pues es más bien una mera lástima. Es criticable que, en su momento, algunos defensores animalistas hayan elogiado a quienes promulgaron este decreto “verde” pensado en función de la conservación del recurso, en vez de señalar sus reales objetivos.

Recuperada la especie –tarea que en nombre de la ecología suelen atribuirse con orgullo los zoológicos y algunas fundaciones–, se rehabilitan los permisos de caza en la medida de lo ecológicamente sustentable. Por ejemplo, la gran presión de los entusiastas cazadores de Idaho y otros estados de EE.UU. logró que finalmente se autorizara la temporada de caza de lobos, la cual comenzó el 1° de septiembre pasado. El ancestro del perro, que históricamente fue cercado y privado de su fuente de alimento, trató de sobrevivir alimentándose de otros animales que también son propiedad de los humanos, en este caso para convertirlos en la carne o los productos animales que la gente demanda. A estos últimos, se acordó denominarlos con un término que hace honor a la idea de cosificación de los animales no humanos: “ganado”, animales sometidos a crianza y explotación. Alrededor de 1930 el lobo gris fue declarado una especie en peligro prohibiéndose su caza. Recuperado el número ecológicamente aceptable para que no se extinga, se lo “reintrodujo” en un hábitat que continúa no siendo suyo, como alguna remota vez lo fue. Y al recuperarse como especie, volvió a ocupar el lugar de “enemigo” que primariamente se le había asignado. La presión de ganaderos y cazadores logró ganar la batalla legal para autorizar su matanza. ¿Y qué dijo el representante estatal de Idaho, cuando salió a disfrutar de la cacería en el primer día de la flamante temporada cinegética? Como estudiante universitario de los temas ecológicos afirmó comprender el importante papel de los depredadores en los ecosistemas pero dijo que hay que “solucionar el tema de los lobos”. Y agregó: “…no voy a mentir; es una cacería grandiosa” [4].

Conclusión: es necesario tener presente que a ciertos sentimientos y visiones del mundo se los pretende generalizar como propios de “lo humano”, cuando no son más que los propios del grupo que los reivindica y sustenta. Y lo hacen no sólo porque el especismo es un prejuicio individual, sino también porque ese determinado status quo favorece a esos grupos que se benefician con él. Por lo tanto, lo sostienen más allá del prejuicio, como una auténtica ideología. Los grupos que minimizan y sostienen la esclavitud animal están involucrados en sus beneficios. Desvelar las distintas formas de explotación contribuirá a despertar la sensibilidad y la reflexión de quienes, por desinformación o influencia de la cultura dominante, consienten esta gran iniquidad.

Notas

  1. Cito textual: “…if you don’t understand why hunters would help a deer, you don’t understand a single thing about hunters.” “Francione on Moral Schizophrenia”, por Bailey Norwood, 15 de septiembre de 2009. Disponible en: http://hamandeggonomics.blogspot.com/2009/09/francione-on-moral-schizophrenia.html
  2. Aboglio, Ana María, Los asesinos de los días de fiesta. Disponible en: http://www.anima.org.ar/liberacion/animales/los-asesinos-de-los-dias-de-fiesta.html
  3. Página12, “Qué es de la vida de Alberto Kohan, por Alejandra Dandan,24 de junio de 2008.
  4. The New York Times, “Wolves Aren’t Making It Easy for Idaho Hunters”, por William Yardley, 10 de septiembre de 2002.

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