El perro y un@

30-3-01

«No es difícil prever que en el futuro podrán aparecer nuevas pretensiones que ahora no alcanzamos siquiera a entrever, como el derecho a no portar armas contra la propia voluntad, o el derecho a respetar la vida también de los animales, y no sólo de los hombres»
N.Bobbio

Los perros se esmeran por comunicarse con nosotros y aprenden para ello cantidad de palabras del lenguaje humano, además de signos y señales corporales que les permiten entender mucho más de lo que imaginamos. Es tiempo de aprender su propio lenguaje. La zoosemiótica -que estudia los signos del lenguaje animal- enseña que los perros tienen muy variadas formas de comunicación entre ellos, incluyendo diferentes tipos de vocalizaciones: ladridos diversos, lloro, grito, aullido. En relación a las comunicaciones con los humanos, su nivel de comprensión puede alcanzar el de un niño de 2 años. Perciben un mundo tan distinto al humano… En su cerebro hay 120 millones de células especializadas en el olfato, cuya naturaleza es más perfeccionada que la de los 5 millones que hay en el humano. Pueden oler el miedo y la alegría, también la muerte. Su oído, 4 veces más desarrollado que el nuestro, es capaz incluso de captar los ultrasonidos que nosotros no oímos: Cuánto más molesto debe significarles la adaptación a la vida urbana. Su vista distingue, aunque mucho menos que la nuestra, las tonalidades del color, pero captan el movimiento una decena de veces más que nosotros.

Tomar a los animales en serio requiere superar la condescendencia de tratarlos «sin crueldad». Basados en la creencia de que los animales no trazan una idea de futuro, algunos creen que quitarles la vida sin dolor no sería un daño radical. Comparto otros pensamientos. Tal vez la mente canina -y de tantas otras especies-, no habite las moradas de abstracción de la mente humana, como tampoco ocurre con la de los bebés o los adultos mentalmente retrasados. Pero todos las pulsiones de su ser apuestan al futuro, acaso uno más deseable al tener la vitalidad inocente que proviene de no poder imaginar los deterioros por venir, las posibles ruinas. Pueden por ello anhelar incluso más la simple felicidad de vivir.

Artículo publicado en el diario «La Unión», Lomas de Zamora, pcia. de Buenos Aires, 30-3-2001

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