El poder del simulacro

sue-coe-moneyPodría ser una buena representante de estas épocas desencantadas regidas por el cálculo y las estadísticas. Tal vez por esto me asalta, siempre que leo sus declaraciones, la desazón de las palabras vacías. Y la sensación de asistir a una traición desfachatada, aun sabiendo que ellas, las traicionadas, no saben de los manejos cuyo conocimiento se necesitaría para concebir el contrato que permitiría hablar de traición. Los medios potencian la imagen de mujer “empática” con los animales y asociaciones como Peta le han otorgado un premio por su hacer en pos del bienestar animal. También la Universidad de Buenos Aires quiso homenajearla, otorgándole el título de Doctora Honoris Causa, el cual le fue entregado el 30 de junio pasado en la Facultad de Agronomía.

Se llama Temple Grandin, y es muy clara como profesora cuando enseña a “manejar” a quienes ella “conoce lo suficientemente bien” como para idear las mejores formas de matarlas. Sabe cómo hacer el más eficiente diseño de mataderos. Y cómo engañarlas con el insuperable estilo del “para comerte mejor”. Entre las varias notas que le hicieron los medios, la del Suplemento Campo del diario Clarín se titula “El poder de la empatía” [1]. Deberemos darlo vuelta para nuestro análisis: la empatía del poder. O del poder del simulacro. De esta forma puede apreciarse cómo funciona la regulación de la explotación animal, y examinarse cómo el cálculo de utilidades presenta un rostro público tranquilizador y reconfortante. Las inversiones pecuarias, el uso de la tierra y el aprendizaje de la violencia institucionalizada se reafirman por medio de todas las estructuras que sostienen estas decisiones y aprendizajes, en una proyección social rizomática.

Con una constante referencia a los animales que la sacaron de su autismo, Grandin menciona esta vez que principalmente fueron vacas y caballos. Presta a devolverles el favor, da a sus explotadores razones para adoptar las medidas de bienestar animal que ella propicia. En sus propias palabras: “Los beneficios son económicos, porque un rodeo calmo tiene mejores ganancias de peso, mejores tasas de preñez y menores golpes, que generan daños y pérdidas en la carne” [2]. Cuestión de recordar que son seres sintientes, pero no olvidar que con un precio de mercado. Por eso considera que “hay que darles una buena vida, es lo mínimo que les debemos a los animales” [3]. Sí, puede que recuerden otra frase, la que escribí en Veganismo. Práctica de justicia e igualdad, acerca de que ser vegano es lo mínimo que les debemos a los animales. Ciertamente una idea muy distinta del deber.

Uno de sus libros, traducido al castellano, se titula Interpretando a los animales. Sospecho que ellos y ellas se pierden en la interpretación. Porque en su discurso, fiel instrumento y efecto del poder, se transluce un deseo impulsor que aparece bien consciente (al menos éste): “No me interesa el poder, ni amasar montones de dinero. Quiero realizar una contribución positiva, saber que mi vida ha tenido un sentido. Quiero ver a los niños con el mismo problema que yo: tener éxito”. [4]

El placer del triunfo. El éxito, caiga quien caiga.

Notas
[1] Villamil, Lucas, “El poder de la empatía”, Clarín Rural, 4 de julio de 2015. Como nota de tapa se titula “Del autismo a la ganadería”.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] Discurso del poder que ilustro con el dibujo de Sue Coe en este artículo.

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