Especismo, sexismo

Cuando abordamos la cuestión de la esclavitud animal, solemos hacer referencia a la interconexión entre la discriminación basada en la especie –especismo–, y la basada en el género –sexismo–. Por ello, el uso del cuerpo femenino para llamar la atención acerca de la problemática de la esclavitud animal, por parte de algunos grupos animalistas, es criticado por quienes consideramos que ninguna forma de explotación es válida. El uso de cuerpos masculinos hace al mismo juego de la objetivación del otro, propio del modelo patriarcal, por lo cual el cambio de sexo no invalida la crítica.

Recientemente, Casa Diablo Gentlemen’s Club, de Portland, fue blanco de las críticas de feministas y defensores de los derechos animales que cuestionaron la alianza allí establecida entre veganismo y streaptease. Entre ellos, la chef vegana Isa Chandra Moskowitz y Bob Torres, de Vegan Freaks, quienes rechazan la idea de que el fin justifica a los medios. En las antípodas, a favor de usar el sexo como forma de atraer la atención, la hipercriticada presidenta de PETA.

Como el asunto llegó a los medios argentinos,[1] en momentos en que el tema socioeconómico del campo y de las vacas y de otras tantas especies devela hasta qué punto se insiste en explotar a otros seres sintientes, continuando con un modelo opresivo que nos alcanza a todos, quisiera hacer un comentario acerca del hecho de producir animales no humanos en serie, para matarlos y venderlos como comida.

¿Es verdad que se come carne sólo porque es “rica”? Desde el punto de vista nutricional, habida cuenta de que no la necesitamos, la respuesta sería afirmativa. Pero desde el punto de vista de un análisis más profundo, ciertamente la costumbre adquirida tiene una fuerte raigambre especista, directamente emparentada con el sexismo.

La carne definitivamente NO nos hace fuertes. Sus perjuicios para la salud están ampliamente documentados. Es el mito de la fuerza y del poder el que se traza en el imaginario individual y social, como un símbolo de la conquista del macho sobre la naturaleza, con todos sus integrantes. Proviene de las épocas en que el rol de cazador atribuido al hombre impregnaba la trama comunitaria, junto a la idea de que la ingestión del enemigo, a quien se quería conquistar o vencer, es la mejor manera para la apropiación de sus fuerzas. Épocas de dominación masculina, cuando incluso cazar la presa más grande permitía la asignación de la mujer que en ese grupo era considerada de más valía. Las mujeres tenían a cargo la tarea de plantar y recolectar plantas y frutos. En las sociedades en que esta tarea tenía más peso, las mujeres tenían una condición social de mucha mayor estimación.

En el análisis del discurso que hoy manejan quienes sirven a este modelo, vemos aparecer semejanzas con el discurso esgrimido como justificativo para dominar, conquistar y subyugar otras formas de vida, incluyendo las de otros seres humanos “inferiores”, como fueron la gente de color y los indígenas, en épocas de la conquista de América. La ingestión de animales no humanos fue asociada a la virilidad y a la fuerza necesaria, por ejemplo, para ganar las guerras. Creyéndose la ingesta de carne como la mejor forma de estar fuertes y sanos, se destinaba la mayor cantidad de esta comida a los hombres que luchaban “por la defensa de su sociedad”. Y por derivación, las mujeres fueron instadas a valorar con creces a esos hombres “fuertes”, símbolo de poder y seguridad. La primera división del trabajo lleva a la domesticación del no humano por parte del hombre, dejándole a la mujer el ámbito del hogar y el manejo de las herramientas caseras. El sistema de producción capitalista puede así obtener mano de obra y sustento para la clase trabajadora sin costo alguno, pues las mujeres lo hacen gratis. Los superiores y fuertes son los que “trabajan” y ganan el pan de cada día. El siglo XIX despunta consolidando el “papel fundamental” de la mujer, como esposa y madre. Se instala y multiplica así la mentalidad patriarcal, donde la dominación del animal no humano es parte de la dominación de quienes sirven a los intereses de los grandes grupos económicos. La construcción del discurso sexual se asocia con la “carne” del sujeto a utilizar para satisfacer el deseo sexual. Los códigos de la guerra asociados destruyen la solidaridad en pos de la ganancia del más fuerte. La cultura de paz, donde la no-violencia activa germinaría, es barrida de un plumazo en el descuido y explotación de lo que sirve a los intereses del dominador: La tierra, los árboles, las mujeres, los hombres inferiores o los no humanos.

Ahora bien, en la actualidad las fuerzas sociales operantes se nutren de nuevas relaciones que parecen haber extraído a la mujer de esa condición de propiedad del marido y de un lugar exclusivamente en función del sistema económico. Sin embargo, no es tan así. Lo que acontece es un desplazamiento de la dominación masculina hacia el ámbito de la dominación sexual. El cuerpo femenino se cosifica y sirve al placer y a la satisfacción de las fantasías del hombre que sigue así apoderándose de los cuerpos para su servicio personal. No es que la prostitución no tenga antigüedad, sino que ahora pasa a ser parte de la constitución de la sociedad del espectáculo. El convenio de las Naciones Unidas para punir la prostitución no es adoptado por los países donde la mujer más lo hubiera necesitado. La compra de una mercancía, cualquiera sea el precio que se pague por ella,  –como pretenden algunas feministas con la legalización de la prostitución–; no libera de la violencia ejercida contra quien es comprado para uso personal.

En Argentina tenemos un claro enlace entre prostitución y matarifes cuyos pasos de baile dieron origen al tango que luego volvería, europeizado, a ser parte integrante de los productos autóctonos para turistas. Por supuesto, junto a la “carne argentina”. Y donde hay compra de cuerpos, hay desde luego una posibilidad de ganancias, que hace estragos entre los sectores más pobres. Cada año se incorporan más niños y mujeres al circuito de la prostitución y el trabajo forzado. Esta “trata de personas” genera ganancias un poco inferiores al comercio de drogas pero que están por encima de la venta de armas. Las provincias del norte de Argentina, especialmente Misiones, proveen de niñas y adolescentes que luego aparecen en provincias del sur, incluyendo Buenos Aires, y también países vecinos.[2] El método consiste en captar víctimas con escasos recursos económicos y culturales, generarle una deuda en el viaje rumbo al lugar donde encontrará un trabajo maravilloso, la cual se irá incrementando con sucesivos gastos que se originarán ya en el alojamiento donde la persona será llevada. Pronto estará recibiendo instrucciones para trabajar en un burdel. Si hay resistencia, habrá golpes y a veces, uso de drogas. Esta realidad es parte de un aumento de la prostitución que a partir de 1980-90 se da a escala global. Las revistas para las adolescentes y mujeres en general promociona a la estrellas de la industria del sexo. Nuevas prácticas y productos estimulan el consumo pornográfico invadiendo la esfera pública. En Argentina se acaba de promulgar la Ley 26.364/08 de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas, que tipifica como delito federal la trata de personas, con pena agravada en caso de víctimas menores de 18 años. Muchos sectores y organizaciones sociales han criticado la ley, en la medida en que se invertiría la carga de la prueba al ser la víctima la que debe probar que no hubo consentimiento sino aprovechamiento de su vulnerabilidad. Como dato, la Convención para la Represión de la Trata de Personas y Explotación de la Prostitución Ajena, de 1949, dice claramente que la penalidad debe caer sobre el que “explotare la prostitución de otra persona aún con el consentimiento de tal persona”. El tema sigue en discusión.

Lo que acontece con los no humanos lleva la misma impronta: engaño, abuso, manipulación, opresión, dominación. Con una violencia ejercida en forma legalizada y una mentalidad patriarcal que puede manifestarse a través de distintos canales pero que siempre participa de determinadas características, algunas de las cuales acabo de mencionar.

Reconocer la necesidad de liberar a los no humanos de esta forma de trato es parte del respeto que debemos a todos los seres sintientes, derribando las jerarquías con que se justifica arbitrariamente el uso de un grupo por otro. Es por eso que un mensaje por los derechos animales no debería venir de la mano de clichés sexistas que eluden las raíces y conexiones de lo que el especismo significa y que, en definitiva, no hacen más que reforzarlas.

Notas

[1] Revuelo en Portland, Veganos versus feminazis. Oregon. La Nación 31-3-08
[2] Catamarca es noticia, Catamarca es parte de la ruta de tráfico de mujeres y niñas destinadas a la prostitución. Disponible en: http://www.catamarcaesnoticia.com.ar/notas/03_marzo08/11/actualidad/actualidad_11_03_08_red-prostitucion.html

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