La “libre” elección

veganismo-imperativo-categoricoUna de las refutaciones que aparecen cuando nos referimos a la esclavitud de los animales −en particular cuando explicamos porqué deberíamos dejar de usarlos−, apunta a la libertad de elección, ésa que en realidad llegó tarde a la cita donde se tomó la decisión de que adquirir animales no humanos como mercaderías era algo éticamente aceptable. Cuando no se los respeta como individuos, se levanta así una barrera para proteger una supuesta “libertad individual”, ausente al analizarse las consecuencias dañosas de nuestros actos en otros seres humanos. La persona que refuta está autorizada y enseñada para no reconocer  su responsabilidad en un daño socialmente permitido, aceptando únicamente, en su caso, la ética minimalista del bienestar animal.

Estas respuestas no proceden sólo por el prejuicio especista de raigambre individual, sino que son modeladas desde el discurso público y privado que controla al animal usado, el cual plasma una determinada visión de la realidad útil a sus propios fines. La multitud y alcance de los medios actuales de comunicación son determinantes en este modelaje. La gente cree estar pensando por cuenta propia, cuando el peso de los medios y de la educación general que recibe ya ha conformado sus neuronas al compás de determinadas emociones. Y como en todos los casos, la toma de decisiones no se genera sólo en el nivel consciente, por lo que el peso del inconsciente –no me refiero al freudiano− en lo que luce como “racional” es siempre decisivo.

Teniendo presente este amparo de las libertades individuales, y relacionándolo con dogmas y religiones, se ha manifestado desde ciertos medios la cuestión de si el veganismo, en materia de alimentación, no sería una “nueva religión”.

Por supuesto que no lo es.

Ocurre que, aunque la comida es el objeto con el que satisfacemos una necesidad básica, en el caso del humano es más que nutrición: constituye también un espacio de reunión de comensales, un fluir de afecto y gestiones varias y, por lo tanto, un lugar impregnado de simbolismos, manipulable y generador de incertidumbres. El enfoque abolicionista de los derechos animales, que argumenta porqué no deberíamos usarlos como mercaderías de ningún tipo, está hoy empezando a ser parte de la nutrición que les –nos– debemos. A esto se suma el peso de los problemas derivados de la industrialización/ envenenamiento de los alimentos y el auge de los nuevos paradigmas nutricionales, adosándose −junto a otros temas− al núcleo principal que es la cuestión animal, para desatar el lazo de contención que mantenía a tantas personas encerradas en la ignorancia. Pero esto de religión no tiene nada.

Elegir un alimento de origen vegetal, especialmente de cultivo orgánico, es un acto de responsabilidad con fuertes implicancias éticas. Y también puede trascender el ámbito de lo individual para convertirse en una acción política dirigida a generar transformaciones en la dinámica socio-económica, en lugar de resignarnos a un sistema de producción y distribución de alimentos que depara el sufrimiento y la muerte de 56.000 mil millones de animales por año −sin contar a los peces y otros animales marinos−. Por otro lado, es cada vez más difícil ocultar las varias maneras en que todos los animales humanos y no humanos somos víctimas de un modelo generador de enfermedad, ética y ecológicamente insostenible.

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