Las mil y una jaulas [VII]. Encerrados por la protección

En Las mil y una noches, los cuentos se enmarcan unos dentro de otros, en una figura literaria que responde a la manera en que Scherezade los va contando a lo largo de las mil noches en que intenta salvar su vida, hasta conseguirlo. Hay mil y una jaulas, unas dentro de otras. No sólo confinan a los no humanos sino que aíslan mental y emocionalmente a la gente de la realidad de su esclavitud. Los defensores de los derechos animales necesitamos entenderlas y, por eso, me gustaría contar algunas historias.

Aquí está la primera historia: El zoológico y los conservacionistas. Aquí la segunda: El futuro está en los niños. Aquí la tercera: Las dos pantallas. Aquí la cuarta: Lo que les robamos a los elefantes. Aquí la quinta: Ficciones zoológicas maratónicas. Aquí la sexta: De “cosa de nadie” a “cosa de alguien”.

Ahora les dejo la séptima:

Encerrados por la protección

En la capital de la provincia de Corrientes, un grupo de defensores se esfuerza para emponderar la causa por los llamados “derechos” de los animales. Mientras las horas del día transcurren partidas por la sagrada siesta del lugar, el afuera bulle entre el calor y la política.

El afuera es también el lugar donde habitan los despojos de las víctimas que tratamos de salvar. Y el de las víctimas mismas, la mayoría insalvables. Se está hablando de leyes. No, de derechos. No, del Derecho no, de su incumplimiento. No, no, de ética. No, más bien de leyes de protección de animales no humanos. No, no… de humanidad.

—¿Cuál es, entonces, el problema? —pregunto a los oyentes.

El afuera no podría reflejar mejor lo que explico en forma teórica para analizar el tema. Sin entender cuál es exactamente el problema, no se puede hallar la solución adecuada.

En el afuera, un camión enviado por cierta Secretaría de Gobierno sale a recorrer la ciudad, acercando “carnes, pollos, helados y pescados…” [1] Los precios son más bajos y la gente compra más. O compra gracias a estos precios. Las frutas y verduras aumentaron el 50%, aunque también los feriantes tienen mejores importes para rubros que, a juzgar por lo que se observa y lo que ofrecen confiterías y restaurantes, son un exiguo decorado de los productos provenientes de animales: verduras y frutas. Cerca de la plaza principal, un hombre ofrece quesos y salamines amontonados en una gran canasta. El calor es intenso.

— Hiperproducimos a los domésticos para matarlos o usarlos de muchas maneras, y matamos a los salvajes hasta su extinción, directa o indirectamente —digo resumiendo una introducción.

Más tarde, mientras cruzaba el puente General Manuel Belgrano que une las provincias de Chaco y Corrientes, un conocido me comentaría que ya no se ven animales al ir desde Resistencia, la capital de Chaco, hacia adentro del territorio provincial.

— Los matan a todos, los cazan, los comen…

Pero esto pasó bastante después. Regreso al Congreso de Derecho Animal, de derechos animales, de lo que ellos y ellas no tienen, les digo, salvo si los reducimos a conceptualizarlos como la contraprestación de los deberes que taxativamente enumera la Ley 14.346 de protección al animal. “En este sentido toda obligación implicaría un ‘derecho’, afirmaba Kelsen. Pero no se trataría de los derechos básicos propios de las personas”. El lenguaje de las prisiones y los mataderos ha eliminado los términos esclavitud y asesinato. Se los ha eliminado del Derecho. Se los sacrifica, faena, eutaniza, caza… No hay delito en estas matanzas. Rige la regla de permisión: lo que no está prohibido, está permitido. No solo no está prohibido, sino que está regulado.

 —La ley de protección de la fauna, que regula la caza y promueve el aprovechamiento comercial de los animales salvajes —prosigo…

Pero el afuera me interrumpe y se entromete nuevamente trayendo la alegría de los ecologistas ante una gran noticia: decomisaron “400 kilos de surubíes” en Santa Lucía. [2] Contentos, porque por suerte a veces se cumple con la ley de pesca local que condena la pesca furtiva, en consonancia con las pautas del desarrollo sustentable, procurando proteger a los llamados animales salvajes. Se los protege para nuestro beneficio, porque si se extinguen no vamos a poder seguir pescándolos. Este desarrollo no quiere desequilibrados que ejerzan crueldad contra los animales, incluidos los llamados animales domésticos. Solo quiere que sirvan para algo.

—En Chaco siguen talando, todo el tiempo… y cazan para cuerearlos, aunque no pagan mucho por la piel —continúa el relato de mi conocido.

Pero los artículos en los que son convertidos sus cuerpos se venden bien a consumidor final. “Todo animal tiene derecho al respeto”, dice esa Declaración de derechos del 78 pro industria agropecuaria y de experimentación que la ONU nunca llegó a aprobar.

Vuelvo a Corrientes. Segundo día del Congreso y ahora estoy escuchando a un expositor.

 —Les hace tener cría y los vende, pero no tiene criadero ni son de raza —me aclara una señora.
Alguien del público reconocería más tarde ser fanática de la carne y de la caza, aunque no se lo escuché decir ahí. Otra me comenta que gracias a Douglas Tompkins se pudo recuperar el oso hormiguero y el guacamayo rojo en Corrientes, además de todas las tierras que donó y… Lo sé, le contesto. Acababa de leer el eterno agradecimiento al recientemente fallecido filántropo por parte del naturalista y museólogo Claudio Bertonatti, publicado en el diario local.

 —¿Cómo podría hacerse para prevenir estos accidentes con animales en las rutas? —pregunta un hombre después de escuchar al expositor referirse al peligro que representan para las personas los animales sueltos en las rutas.

Los animales se cruzan en las rutas y podría morir cualquier humano y esto grave, escucho. Si el animal muere, muere, y si queda muy mal, hay que matarlo. Pero el problema es con el humano, porque hay un vida humana de por medio y cualquiera puede morir en un accidente como éste. Trato de hacer notar, autorizada por la clase de Congreso en la que estamos, que a los animales se les mata de muchas maneras. Sabemos que solo se pena la matanza hecha “por puro espíritu de perversidad”. Pero el humano puede matarse tratando de esquivarlo −exclaman– como si no fuese algo claramente deducible. Y si muere, muere, pero podría ser mucho peor y quedar parapléjico −sigo escuchando−. Esto sería peor que la muerte, y es comprensible, podría pasarle a cualquiera. Tengo que entender que ahora no estamos hablando de derechos animales sino de problemas con animales. Muchas veces solo se habla de problemas con animales sin derechos. O con el “derecho” a no ser víctimas de sufrimiento o muerte innecesaria, porque es habitual usar el término con este alcance. También los roban, sigo escuchando, y aquí hay un dueño que tiene derecho a recuperar su propiedad por lo que hay que marcar a los animales de manera que no puedan desmarcarlos. Hay que protegerlos además porque el desmarque implica mucho sufrimiento. Excelente manera de exponer ejemplos de lo que desarrollé el día anterior. Mientras tanto en el afuera, “cuatro jóvenes fueron demorados, lográndose recuperar animales robados”. [3] A cualquier podría pasarle, es cierto. Te roban el auto, el celular, el perro, el caballo, te arruinan la vida, murmura alguien atrás mío. No muy lejos de ahí, el miércoles nueve, un peón que arreaba animales en una estancia de Paraje Arroyito en Saladas falleció al caerse y ser aplastado por un caballo que se resbaló por la intensa lluvia “y cayó sobre su humanidad”. [4] Curiosa frase, porque los animales no humanos son matados a diario sin que ningún humano se haya resbalado ni corra peligro de caer sobre su no humana animalidad.

En Chaco promulgaron este año una ley para “la protección y bienestar de los animales domésticos, bien sean productivos o de compañía, como los animales para experimentación y otros fines científicos”. Puse a esta ley como ejemplo de un tipo de ley bienestarista, anunciada con aplausos con la famosa frase de Bentham: lo que importa es que pueden sufrir. Como las leyes educan con su discurso, ésta también lo hará de aquí en adelante. Y como para que no queden dudas, se encarga de definir exactamente qué es un animal doméstico. Además de instinto de sociabilidad y capacidad para transmitir hereditariamente la mansedumbre, tiene que reunir otras dos condiciones: someterse a las condiciones de vida impuestas por el ser humano y tener un fin útil. El Derecho, los derechos. Qué buen ejemplo esta ley para enseñar. Para enseñar lo que el Derecho dice, sobre todo con el uso que legaliza en una ley de protección.

El Congreso tuvo un público discontinuo, ecléctico, diferente. Agradezco la invitación y a los que me escucharon. Pero ahora tengo que seguir viaje…

Ya en Chaco, frente a la plaza San Martín donde deambulan unos cuantos perros menos que en los alrededores de Resistencia, el monumento al famoso perro Fernando me recuerda que las ideas pueden estancarse o desfigurarse. Los caballos “de trabajo” dan vueltas por muchas calles, recargados bajo un sol abrasador. La gente pasa tomando helados. Un pequeño pájaro se cruza y yo, que sigo mudando entre Corrientes y Resistencia, imagino lo que sería tener alas para volar. Algo que no logro ni siquiera cuando estoy arriba de un avión.

— ¿Te imaginás la sensación de poder que debe sentirse manejando uno de esos Boeing? —me dice un colega.

Me ha dado una pauta para mi ejercicio imaginativo: eliminar cualquier atisbo de esta sensación.

Notas
[1] “Carnes, pollos, helados y pescados a precios bajos”,1588 Informe de Bolsillo Año XI, N°2806, Corrientes, 10 de diciembre de 2015, p.2.
[2] “Decomisaron alrededor 400 kilos de surubíes”, Ibídem p. 6.
[3] “Cuatro jóvenes demorados y recuperan animales robados”, 1588 Informe de Bolsillo Año XI, N°2807, Corrientes, 11 de diciembre de 2015, p. 6.
[4] “Peón muere aplastado por su caballo”, 1588 Informe de Bolsillo Año XI, N°2806, Corrientes, 10 de diciembre de 2015, p. 6.

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