Los centros de muerte de la Tierra

Motivados por la conmemoración de hoy, Día Mundial de la Tierra, aparece en los medios una serie de cuestiones relacionadas con los problemas ecológicos que la (nos) apremian. Se destacan en Argentina:

1) el calentamiento global como “principal problema ambiental”, según Greenpeace y Amigos de la Tierra, quienes reclaman por el uso de energías renovables que ayudarían a luchar también contra la crisis económica “ya que se ahorra y se genera empleo” [1];

2) el documental del 2008 dirigido por Robert Kenner, Comida, S.A. [Food, Inc], emitido por el canal HBO ayer, al cual voy a comentar en esta Crónica.

Hay otras noticias con su correspondiente mensaje, por supuesto, pues en este año  el 22 de abril coincide con el Viernes Santo celebrado por la religión católica, y debido a esto cundió la tranquilidad al levantarse el paro que hubiera impedido el aprovisionamiento de animales marinos para el día santo. Vida Silvestre Argentina, por ejemplo, recuerda a través de un importante aviso publicado en La Nación impresa,  que “tu tenedor es una herramienta para la conservación de la merluza”, aconsejando que el que quiera comerla elija filetes de más de 25 cm. y promoviendo las recetas de su sitio web. Recuerdo cuando tiraba de nuevo al mar a los peces que un familiar había acabado de capturar, y no podía comprender cómo se podía  torturar así a esos seres que, en ese entonces no lo sabía, tienen la mayor concentración de receptores al dolor alrededor de su boca y son seres sumamente sensibles en todo sentido. Los ojos de los peces nos miran incluso ya muertos, y el humano los piensa aderezados, porque así le han enseñado a hacerlo, mientras contamina su morada y los envenena a ellos y a sí mismo.

Comida, S.A. es un documental que denuncia la manera en que se produce la comida, denunciando a las llamadas granjas-fábrica o granjas industriales, y a la imposición de las semillas genéticamente modificadas. Eric Schlosser (Fast Food Nation) y Michael Pollan (El dilema del omnívoro) se encuentran entre sus coproductores y productores. Algunas escenas espantosas de matanza de animales corren entre imágenes generales de granjas, tanto de las industriales como de las “respetuosas de la gente, los animales y el medio ambiente.” El desprecio por los animales no humanos mancha a unas y a otras por igual, pero el mensaje que maneja la voz en off y el de los que se declaran a favor de lo natural y orgánico, corre por otras vías. La solución recomendada sería lo natural y orgánico. El foco principal de este documental es que la salud de los humanos depende de cambiar los métodos de cría de animales que deterioran el medio ambiente y llevan a la aparición de bacterias letales como la escherichia Colli 0157:H7 y la salmonella. Se manifiesta lógicamente también contra las semillas transgénicas, llevando al público a preferir lo orgánico por su salud, por el planeta y por los animales. Claramente se señala que seguir por el camino de los feed lots no conviene para la salud humana y que la gente puede cambiar este proceso consumiendo los productos provenientes de animales criados en forma orgánica con cierto bienestar animal.

No podía dejar de aparecer el matadero más grande del mundo, de la globalizada Smithfield, en Tar Hell, Carolina del Norte, denunciada por maltratar tanto a trabajadores (muchos son inmigrantes ilegales) como a los animales. De esta manera se recalca y propicia la necesidad del “buen trato.” Sin embargo, es absurdo afirmar que matarlos de cualquier forma sea tratar bien a alguien. Y matan a 32 000 cerdos por día en este centro de exterminio. La publicidad de su sitio web apunta a educar en el hecho de que la comida es disfrute, memorias imborrables, familia y amigos, lo cual no deja de ser cierto como comenté en La “libre” elección. Claro que la empresa aspira a que el afecto de los comensales tenga el sabor de sus mercaderías [1].

En contrapartida, en el documental declara un granjero “respetuoso”. Como escenario de fondo mientras habla, se ven empleados que toman por el cuello a un ave aterrorizada tras otra, la sacan de la jaula donde está confinada con otras y la coloca boca abajo en un embudo, de manera de alcanzarles su cabeza por abajo y tironeando y retorciéndola decapitan al animal. ¿Pueden imaginarse a sí mismos pasando por un momento semejante? No son especies en peligro de extinción, ciertamente. No preocupa este sufrimiento a los ecologistas. Los otros miles esperan su hora observando, oyendo, angustiándose. La violencia es muy notoria en las acciones y sus resultados. Pero quisiera recalcar que no necesariamente la ejercen trabajadores “violentos” −aunque haya algunos o muchos−, pues se puede cometer las mayores atrocidades con absoluta indiferencia emocional.

Para tranquilizar a los empresarios, el vocero de Stonyfield, asegura que se puede ser muy rentable con lo orgánico, como él lo ha probado con su línea de lácteos saludables. Depende del consumidor, dice otro granjero: ustedes pidan comida orgánica y nosotros vamos a dársela.

Así estamos en el Día de la Tierra. Me pregunto cuántas distracciones respecto del tema fundamental que es la injusticia que sufren los otros animales por nuestra forma de pensar, sentir y usarlos habrá en la semana que viene, para el Día del Animal. Y no, no vamos a poder festejarlo. Pero como defensores de los animales podemos reunirnos para enviar un mensaje unívoco: los animales son individuos únicos que no están en el mundo para que los usemos. Porque  como escribí en el artículo Día del animal, “mientras algunas deudas ambientales se abisman en lo irreparable, se hace imposible calcular la deuda moral que todos y unos pocos hemos contraído con los animales. La destrucción institucionalizada a la que se los somete enarbola las mismas banderas de quienes atropellan bosques, desertifican la Tierra y adelgazan la capa de ozono.” Expondremos así una realidad que nadie que haya realmente simpatizado con un animal puede negar: a los animales nos importa mucho nuestras vidas. De hecho, es lo único que tenemos para cuidar.

Ana María Aboglio.

Nota

[1] La Nación, 22 de abril de 2011, p. 15, “Actividades por el día de la Tierra.”

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