Preocupándonos en serio por quienes dependen de nosotros

rescata-animales-sin-hogarEscuchando la opinión de Rafael Cardona respecto de los perros en situación de calle en la ciudad de México  recordé, por analogía metafórica, ese clima de “infestación” que, en Mi lucha, atraviesa al pueblo alemán con los “bacilos” del enemigo político y racial [1]. Al victimizar a la población humana –como en su caso hizo Hitler con la raza aria–, se allana el camino para aceptar la eliminación radical del peligro, ayudando a justificar la “solución final.” Carl Amery rastrea en un ensayo ese ambiente que cimentó el nazismo, exponiendo las razones por las que no interpreta el período del Tercer Reich como una excepcionalidad de la que estamos a salvo. Hoy las desgracias provocadas por los humanos siguen en pie pero muchos, mientras la tragedia no sea capaz de tocarlos, van a proseguir observándola desde afuera, mudos e indiferentes.

Pasada la primera impresión provocada por este discurso, corresponde dar al autor el beneficio de la duda que se le debe a todo imputado. Pongamos que lo hizo por no tener acceso a las ideas del siglo que corren y no por defender ideas que atrasan. Pongamos que no tiene amputada la sensibilidad y que es capaz de pensar en el tema de manera más holística y razonable. Digamos que, aunque cada día está peor considerado, es la posición privilegiada de pertenencia a la especie dominante la que lo lleva a un reclamo de violencia y a declarar una cierta cantidad de enunciados erróneos, los más importantes de los cuales pasaré a señalar.

Cardona dice que los animales en cuestión “ni siquiera son materia de la protección de los protectores.” Quiere que los proteccionistas se avergüencen de los animales sin hogar sin pretender que el gobierno se haga cargo “sustituyendo a los bondadosos.” Es decir, tiene que hacerse pero a la manera de Cardona, sin bondad, “suprimiendo el problema”, para lo que propone lo que llama “sacrificios” en vez de matanzas sistemáticamente planeadas. Pero con bondad o sin bondad es un estado de afección de quien procede a un acto que, en el caso, es condenable sin importar cómo se haga.

Principalmente, para Cardona, hay un tema de eyecciones que afecta la salud colectiva y que solo puede resolverse “eliminando las fuentes de los problemas.” Pero ocurre que para el proteccionismo, el asunto va bastante más allá: pasa por las confluyentes causales que originan el aumento de los animales domésticos en situación de calle. Para Cardona, hay que “protegerse del problema”, para lo que propone la solución final. Lógicamente ésta no podría ser la propuesta de quienes intentan proteger a los desamparados, porque la privación de la vida es el máximo daño que se le puede hacer a un ser sintiente, cualquiera sea la forma en que se proceda a hacerlo. Por lo tanto, es una falacia –por no decir una tontería–, declarar que “deberían tener vergüenza de ver esas jaurías…”  “…porque eso es lo más alejado que yo conozco de la protección de los animales.” Luego sigue con el tema de la “tenencia responsable”, término creado por quienes trabajan “humanitariamente” en los países del primer mundo donde no proponen matarlos sino “ponelos a dormir.”

La figura del “proteccionista” que configura Cardona está, a su vez, un tanto desactualizada. La progresiva incorporación de las ideas de los derechos animales, que en los últimos años tiñen la cuestión animal, ha revelado hasta qué punto no se puede seguir dejando en un grupo minoritario de personas toda la responsabilidad de hacerse cargo de un estado de situación socio-político con claras implicancias éticas. No son los proteccionistas los que salvarán a la larga a los animales no humanos, ni deberían serlo. No debemos hacerles cargar con todos los sinsabores y el desgaste físico y emocional que devienen de ocuparse de los animales sin hogar, más la angustia generada por la necesidad continua de recursos económicos. Necesitamos una transformación de la relación que mantenemos en general con toda la vida animal no humana. Pasarles el problema a los “más sensibles” o a los que les “gustan” los perros y gatos, significa aceptar que debemos convertirnos en una sociedad indiferente al destino de quienes deberían estar bajo la atención y cuidado de todos nosotros. No por “humanidad” como dice Cardona, probada justamente ya con creces que el desprecio por la vida y destino de los otros animales hunde sus raíces en el antropocentrismo humanista que está llevando también a la crisis ecológica mundial. Si quienes hacen protección de esas especies están más cerca de ampliar el círculo pleno de la consideración ética a todos los seres sintientes, cercar la sensibilidad dentro de un grupo generando una contienda sociedad vs. proteccionismo, es mantener una guerra que se suma a las múltiples que a diario hacemos contra los no humanos a través de las variadas formas de explotación a los que los sometemos sin ninguna necesidad.

Entonces: ni el proteccionista puede ser un verdugo de aquéllos a quienes protege, ni le cabe tener que cargar con un tema que debemos resolver entre todos.

Dejado ya esto en claro, quiero recalcar el sinsentido de cierto mensaje contradictorio. Las personas que conviven con compañeros animales tratándolos con amabilidad y respeto los consideran parte de su entorno familiar y los valoran en sí mismos. Son seres con nombre, con deseos y preferencias. Esta relación es concomitante a la responsabilidad por daños y las reglamentaciones del caso de la que se ocupa la normativa legal, pero corre por otras vías, una donde se desdibujan las barreras de especie, en una comunicación donde no hay necesidad de que estudios científicos nos “revelen” que todos los vertebrados –y muchos invertebrados– tienen capacidad de sentir. A ellos y ellas les pasan cosas que los afectan. Entonces, al decidir que la falta de un “dueño” autorizaría a quitarles la vida, estamos diciendo que los mismos seres que en un caso son dignos de atención y respeto, en el otro son solo dignos de una caza de brujas “justificada”. Este argumento es sumamente peligroso, además de inconsistente.

Claro está que hay que actuar de algún modo, habida cuenta de que los animales domésticos no tienen un nicho ecológico apropiado para controlar su población. El modo es preocupándonos en serio por quienes dependen de nosotros.

Respecto del tema sanitario, en Buenos Aires se conocieron diferentes formas de control de las deyecciones, desde motos con sistema de aspiración hasta el método de la bolsita recolectora a cargo del guardián del animal. Pero la mejor fue una que no llegó a implementarse nunca, temas legales de por medio: las heces terminaban convirtiéndose en abono y/o energía. El “polvo fecal” no brilla, como dice Cardona en su nota de Crónica [2], pero puede convertirse en un bien muy preciado. Imaginen lo que sería.

Los programas de esterilización son solo una parte del accionar general que debería incluir el más agresivo programa de adopción, en conjunción con el proteccionismo actuando como voluntariado transformador. Esto es, señalando esa canilla siempre abierta que inunda el tejido comunitario con cachorros destinados a la gente que paga por ellos. Pero de eso no se habla, o se habla como si no tuviera relación con los animales sin hogar, cuando son su contracara. La sobrepoblación de animales de compañía existe, sí, pero no es un problema con perros y gatos, sino con seres humanos. Reside en la incongruencia ética de programar matanzas masivas del ya aceptado como el mejor amigo del humano y con quien los gatos compartirán el cartel cuando alcancen los 10.000 a 12.000 años de domesticación que ostentan los perros. Los hemos ligado a nosotros, incluyendo a los sobreabundantes perros ‘de raza’, que deberían dejar de “producirse.” La responsabilidad es de los seres humanos y la única opción posible es trabajar dentro del enfoque abolicionista de los derechos animales, rechazando los reclamos indebidos al estilo de Cardona, quien clama para que el Estado actúe sobre las consecuencias en vez de sobre las causas del problema, pidiendo encima medidas que, se sabe, no solucionan lo que pretenden resolver, generando espantosos cuadros de violencia y numerosos y terribles efectos colaterales. Las medidas específicas deberían abordar: campañas de adopción responsable, programas de esterilización, penalización de la muerte y del abandono –una forma de crueldad– y sobre todo, información/educación acerca del valor de cada ser sintiente. Implementar acciones de este tipo conlleva menos energía que la usada para programar el lugar, tiempo y modo de asesinarlos. Tiene, además, dos fundamentales ventajas: la primera, reconoce legalmente los derechos a la vida y a vivir de acuerdo con los intereses físicos, psicológicos y de comportamiento con que los animales han sido dotados según el grado de su desarrollo evolutivo. La segunda, libera de la necesidad de asignar a seres humanos la realización de tareas malditas que, como ya ha sido comprobado a nivel psiquiátrico, producen severos disturbios emocionales y afectivos, enfermedades graves relacionadas con el stress, alcoholismo y drogadicción.

Como dije en Primero no dañar, no podemos:

…sumar más escalas de valores jerárquicos creados por la racionalidad humana –que no es la única en este mundo–, justificando con ellas la opresión y destrucción de otros que no pueden defenderse por sí mismos. Las mujeres y los esclavos han sido víctimas de estas jerarquías. El siglo XX no se quedó atrás. Puede estar el humano en el pedestal más alto del Universo si quieres ponerlo ahí, y aun así esto no justificaría que la solución a sus problemas sea infligir daño. En el caso, los perros están donde están porque los hemos traído nosotros a nuestro mundo, obligándolos a una vida artificial y sometiéndolos a toda clase de penurias, desde condenarlos a convivir en situaciones insanas para ellos, forzándolos a adaptarse como sea a nuestras necesidades, hasta provocarles diversos grados de maltrato, crueldad y matanzas sistemáticas. Los perros no tienen ningún derecho, no solamente a la vida. El antropocentrismo se los niega, como a todos los demás animales. Esto es lo que ha llegado la hora de cambiar. Sojuzgamos al lobo bajo el rótulo de “domesticación”. No paramos ahí. Creamos cientos de razas que sufren las dolencias de la manipulación genética y que son parte de la industria de la venta de afecto, entretenimiento, seguridad, experimentación, etc. Por lo cual resulta imposible hallar lógica en proponer matar a los más desprotegidos, una solución que nada soluciona e imparte una enseñanza altamente nociva para los niños. Los sentimientos también se aprenden. Lo más amable que podemos hacer es evitar que sigan viniendo al mundo mediante el método por ahora menos dañoso, que es la esterilización, y encontrar hogar adecuado para los que ya están.

Cardona en el fondo lo sabe: cada perro –como todo ser sintiente–es un individuo único. Quitarle la vida es un acto de violencia que se amalgama a toda la violencia que en el planeta se ejerce contra los más débiles.

Notas
  1. Rafael Cardona, en el programa de José Cárdenas de Radiofórmula, 9-1-13. Audio disponible en: http://www.elcristalazo.com/blog/?p=13852
  2. Rafael Cardona, en Crónica, 10-1-13. Disponible en: http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=721551

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