Radiactividad: la asesina silenciosa

La radiactividad -sea la natural del medio ambiente o la creada por el humano- es un tipo de emisión y transmisión de energía. Fantasmática y fatal, es el mayor contaminante del mundo, a pesar de la minimización y distorsión que de sus peligros hacen los círculos gobernantes.

Rayos X, medicina nuclear, terminales de video y pantallas de TV, se suman a la radiación no-ionizante (la que no inicia reacciones bioquímicas en las células pero afecta la salud): desde celulares y sistemas de alarma hasta cocinas de microondas, juegos eletrónicos y detectores de humo. El tabaco proveniente de plantas fertilizadas con fosfatos de alto tenor en uranio expone a fumadores y no fumadores a polonio 210. El humo contiene además, radio 226, plomo 210 y potasio 40.

Las plantas nucleares probaron su potencial capacidad de daño después del accidente de la unidad N°4 en Chernobyl. Pero los problemas que generan son más vastos, aún sin accidentes de por medio: filtraciones, escapes, residuos. El plutonio de las pruebas nucleares ya cayó de retorno al cuerpo de cada ser en la Tierra. Deshacerse de los residuos radiactivos es uno de los mayores problemas de quienes impulsan este tipo de energía, para lo que se proponen soluciones «seguras» pero por las dudas siempre fuera de casa.

Sea que esté presente en el aire o en sustancias o agua ingeridas, la radiactividad desorganiza al organismo en el ámbito atómico. Desarrolla cáncer y forma radicales libres que interfieren en el código de información genética -lo que ocasionaría errores en la síntesis proteínica-, acumulan fluidos entre las células y destruyen la capa lipídica de la membrana celular. El sistema inmunitario se vuelve ineficiente. Los niños pequeños, bebés y adultos con problemas de salud son los más afectados por la radiactividad.

La radiación es una asesina silenciosa que, a través de las mutaciones que provoca en la estructura genética celular, puede causar desde cáncer, leucemia, vejez prematura y diabetes, a coagulación anormal de la sangre, artritis y disminución de la capacidad intelectual. Su efecto básico es la depresión del sistema inmune.

Tres cuestiones son básicas para conocer el peligro de la radiación como problema cotidiano:

1. Especialmente susceptibles son los bebés y chicos pequeños, las personas con salud delicada o con una enfermedad degenerativa ya instalada y, por supuesto, los trabajadores en centros nucleares y quienes viven cerca de los reactores nucleares.
2. Niveles bajos y continuos de exposición pueden causar más daño que una única dosis alta.
3. La cadena alimentaria ascendente supone potenciar y aumentar los contaminantes.
4. Una sustancia radiactiva puede amplificar su efecto dañoso al asociarse con determinadas sustancias químicas.

El desconocimiento de la incidencia de estos factores llevó durante muchos años a subestimar el poder destructivo de la radiactividad, al punto que hoy se considera que no hay en realidad una dosis inocua de radiación.

¿Existe alguna protección posible en el ámbito individual?

Además de involucrarnos en un modelo personal y social anti-radiación, la mejor protección es una dieta vegana saludable basada en cereales integrales en grano, verduras, porotos, semillas, algas y derivados de la soja. En los cereales, porotos y en la mayor parte de los vegetales se han descubierto compuestos fosforados, las fitinas, que se combinan con los elementos radiactivos y los excretan.

El organismo capta del medio los elementos que necesita para funcionar correctamente. Si no los encuentra, tiende a tomar elementos similares, aunque sean radiactivos, simplemente porque sirven para una determinada función. Pero la radiactividad se acumula irritando las células. La falta de potasio, por ejemplo, puede acarrear la captación de cesio 137, presente en lluvias radiactivas y emisiones de las plantas de energía nuclear. El cesio 137 se acumula en músculos y órganos reproductores, especialmente los ovarios. A su vez, un organismo depurado de tóxicos químicos, representa órganos activos en el cumplimiento de su función.

Tanto para protegernos de la radiactividad como de la polución, existen 2 principios básicos:

  • Saturar al organismo de nutrientes vitales;
  • Evitar los alimentos que facilitan la absorción radioactiva: carne, lácteos, harinas refinadas, azúcar refinada y alimentos procesados con aditivos y conservadores químicos. Estos dificultan la función oxigenante de la sangre, lo que reduce el metabolismo de los órganos depuradores y la actividad inmunizante.

El consumo actual de animales no tiene precedentes en la Historia de la humanidad. Mientras que en el ámbito oficial disminuyen las cantidades diarias de proteína recomendables, aumentan los estudios que vinculan el exceso de proteína con numerosos problemas de salud. Sin contar con los problemas relacionados con la grasa que menudo se le asocia. Todos los materiales radiactivos pueden estar altamente concentrados en la carne y como el intestino humano -a diferencia del de los carnívoros- es muy largo, el tiempo de absorción de la radiactividad se multiplica tanto como el de corrupción de los desechos que liberan gran cantidad de tóxicos al flujo sanguíneo. Antibióticos y hormonas sintéticas, adrenalina liberada por el miedo que sufre el animal durante las matanzas y numerosas sustancias tóxicas producidas por los procesos metabólicos del animal, también entran en el sistema humano.

Estoy centrando la atención en una protección «casera» en el ámbito del individuo. Por supuesto, cuando se habla de lo nuclear y los desechos…Lo nuclear es la bomba.

La opinión pública está cada vez más consciente de ello. Los tecnócratas no pueden mentir: para fabricar la bomba se necesita desarrollar energía nuclear para «usos pacíficos». El plutonio, la materia prima de la bomba nuclear, es un residuo de las centrales atómicas. De esta manera la gente paga para abastecerse de electricidad desde donde también se genera el uso bélico. El legado para las generaciones por venir significará residuos peligrosos que tendrán que ser tratados para volverlos más estables durante cientos de miles de años, luego colocados en contenedores que a su vez tendrán que introducirse en una obra y la totalidad en un lugar geológicamente estable en los millones de años por venir.

Mientras tanto, la cantidad de luz solar que llega a la Tierra equivale a 178 millones de centrales atómicas. Sólo con tomar una millonésima parte conseguiríamos lo que puede dar la energía nuclear. Y podríamos también dejar hablar al viento y a otras energías alternativas, recordando que Chernobyl (1986) puede suceder acá nomás y en cualquier lado.

Bibliografía principal:

  • The Body Electric», Becker,Selden, W. Morrow and Co., NY, 1985.
  • » La energía nuclear, también un paso hacia la bomba», por Martine Barrère. Mundo Científico», vol.2, n°10.
  • Diet for the Atomic Age. Dra. Sarah Shannon.
  • «Biological Transmutations«, L. Kevran. Binghamton. N.Y. ,Swan House Pubblishing co.,1972.
  • New England Journal of Medicine, julio 1972, Dr. Irwin Bross.
  • «Radioecological Assessment of the Whyl Nuclear Power Plant«, Alemania, 1979.
  • Informes «Atucha I:Una grave amenaza» y «Gastre: Un proyecto nefasto», 1990, Greenpeace América Latina

 

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