Acerca de Cerdos y niños

Aunque las páginas de Cerdos y niños [1] nos pasean por la infancia del autor –entrelazada con una investigación definida en tres focos temáticos que luego desbordaron el proyecto original, un libro de fragmentos llamado Hermano Cerdo–, sus ejes vertebrales construyen ciertas ideas centrales. Ernesto Hernández Busto, escritor cubano radicado en Barcelona, apunta a compatibilizar el respeto con el sacrificio del animal. Las principales razones que esgrime para apuntalar el subtítulo –Por qué seguimos siendo carnívoros– son la “esencia predadora” del hombre y la afirmación de que la ingesta de carne “le permitió avanzar al mundo”. Por ello objeta la idea de que del contacto directo con la matanza deriva obligadamente el rechazo al consumo de animales. Tomémonos un momento antes de tratar estos argumentos.

Quizás el video que la editorial tiene en su canal de Youtube, donde el autor conversa con Ignacio Peyró en un restaurante madrileño, acerque una representación cabal de este libro que, aunque editado en Buenos Aires, fue impreso en China. Teniendo en cuenta los proyectos de instalación de megagranjas porcinas en Argentina, objeto de protestas masivas durante estos años pandémicos, el dato no puede dejar de llamar la atención. Sobre todo por la hard cover de bordes redondeados y formato pequéño, las guardas bordó a tono con la sugestiva imagen de la piel rosada del animal no humano en la tapa, tan parecida a la de algunos pequeños humanos. Y cierta idea del placer y la lujuria asociados a ese animal.

Este video es más que una conversación entre dos hombres en un elegante restaurante. El editor lo ha salpicado de “referentes ausentes”, diría Carol Adams. De manera que el acto de devorar humano como forma de trazar una barrera con el mundo, tal como sostiene el autor, se (re)presente como un acto “natural”, acompañando ese gran avance que pone en manos de la humanidad, cual es el haber “decidido” ser un predador y, con la ayuda de la téchne, cazar incluso a sus posibles predadores. Entonces tenemos que el hombre es en “esencia” predador, pero además “decide” serlo gracias a su autonomía, de la misma manera que decide la serie de atrocidades y aberraciones racionalmente justificadas que atraviesan la humanidad. Si matar le viene dado por naturaleza, tal vez sea incluso que puede ser cruel sin inconvenientes, aunque parece que muchos sabrían reorientar esa ínsita maldad, controlarla o, tal vez, sublimarla. Pero lo que interesa para el aso es la violencia institucionalizada contra los no humanos que, curiosamente, el dispositivo humanista pone en manos de las que juzga como “bestias” o “salvajes”. Dado que la depredación alcanza también a otros humanos y toda la vida del planeta, no se comprende cómo podríamos condenarla en ciertos casos y no en esos otros en que las víctimas son perjudicadas por igual, salvo adoptando la tesis de la excepcionalidad humana, a la que el autor parece adscribir.

Un par de quejas con el veganismo aparecen acopladas a su propia indiferencia ante la matanza que en su niñez presenciara cerca de Yareyal, donde, acota, todos los niños tenían con los cerdos una relación igual que con otras mascotas “aunque velada por un horizonte de sangre”. Espantosa veladura que relativiza la muerte del otro como parte de una relación de dominio. Por eso “ver la sangre no anuló mi apetito carnívoro” (p. 9). Relata que en épocas de pobreza en Cuba se comía gatos y clarias. En estos días la Unión Europea aportó fondos y técnicas holandesas para criar estos peces en cautiverio, asegurando la ingesta de carne y la conversión en mercadería del animal.

La segunda queja de H. Busto es contra lo que denomina la “intención moralizante” de libros como Eating Animal, de Jonathan Sanfran Foer, que con sus numerosos ejemplos de torturas hacia los animales, a las que reconoce como ciertas, pretendería volvernos a una ética vegetariana”. H. Busto reclama diferenciar entre piedad ante el sufrimiento, incluso el del “trato inhumano a los animales”, de cualquier posición normativa que pueda implicar no matarlos para consumo. Su postura se conoce en teoría de los derechos animales como bienestarista. Digamos que el autor rechaza el sufrimiento innecesario y la crueldad y que, acorde a sus estados anímicos sosegados ante lo que juzga como sacrificio simbólico propio del humano, se pronuncia a favor de la industria humanitaria que sostiene los privilegios de especie.

También critica a la Elizabeth Costello de Coetzee en su alegato animalista, cuando ella sostiene que es el desprecio lo que hace que se coman animales. Dice que mientras se espera que la ciencia dictamine una identificación irrefutable entre el sufrimiento del humano y el del animal (sospechábamos una nueva exigencia después de la Declaración de Cambridge, ¡pero no esta imposible  y éticamente innecesaria exigencia probatoria!), deslizando de paso la conocida crítica a la exclusión del mundo vegetal, asimila la “cadena alimenticia” –natural con la convivencia –decidida– “con animales creados para ser comidos (p.39). No habría otra solución. Somos carnívoros “por naturaleza”. ¿Como un animal león? No, como un soberano que lo hace simplemente porque lo elige.

El argumento del carnívoro con órganos de omnívoro que “avanzó” gracias al consumo de carne ya fue estudiado en otro artículo al que remitimos,[2] dado que fue descalificado, replanteándose incluso las conclusiones de estudios precedentes que lo habían sugerido. De todas formas, recordemos de allí que:

… la pretensión de que “comer carne nos hizo inteligentes”, es irrelevante en cuanto a la cuestión ética respecto al consumo de otros animales. Aun suponiendo que así hubiese sido, dada la manera en que nos hemos manejado y con toda la miseria que arrastra la Historia humana, parecería que la inteligencia es, por lo menos, un arma de doble filo. Evolución significa adaptación, aun a costa de la salud del individuo. Mientras se pueda seguir procreando, a la evolución no le interesa más. Por otro lado, también la esclavitud nos trajo hasta aquí y no por eso vamos a aceptarla. Nadie propone ni podría proponer que comer carne de animales nos mantiene sanos o nos hace inteligentes.[3]

Como para consolidar la aceptación del uso de los animales, en este caso de los cerdos, por puro espíritu depredador, el libro trae una Coda donde se relatan los esfuerzos del mundo científico para crear quimeras humano-animal o utilizar a los cerdos en experimentos y como fuente de extracción de sustancias de uso médico, sin olvidar esa gran “decisión” humana del xenotransplante.

Como surge del duelo-diálogo de H. Busto con Javier Morales, autor de El día que dejé de comer animales, similares experiencias de infancia se bifurcan en sus consecuencias. Sin embargo, no debería llamar al asombro la diferente lectura que ambos hacen de Eating Animals. Bustos razona acertadamente que el libro de Safran Foer no fundamenta el no consumo de animales. Esto es así porque el foco es el propio del movimiento humanista anticrueldad. Por supuesto que podemos resignificar el concepto de crueldad, pero tomemos el psicológico y el jurídico. El impacto de matar –H. Busto solo trata el tema de matar para comer a pesar de una Coda donde describe lo que parece ir bastante más allá de la depredación “natural”– no genera una ética abolicionista/antiespecista. No argumenta necesariamente a favor. Claro que no. Porque se trata de opresión y de una esclavitud que llega incluso a ontologizar a los animales dominados racializándolos, y que supone partir de la razón humana sí, pero no en el sentido que señaló el autor sino en el de la superioridad jerárquica que se autoerige como bestia soberana… éticamente piadosa.


[1] E. Hernández Busto, Cerdos y niños. Por qué seguimos siendo carnívoros, Interzona, Ed. Argentina, impreso en China, 2020. Todas las páginas citadas pertenecen a este libro.

[2] Aboglio, A.M., Evolución del cerebro y consumo cárnico, 25 de octubre de 2015. Disponible en http://anyaboglio.com/evolucion-del-cerebro-y-consumo-carnico/

[3] Idem.

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