Los asesinos de los días de fiesta

En el campo /En la casa
En la caza / Ahí
Hay Cadáveres
Néstor Perlonguer, “Cadáveres.”

 

Majestuosidad, quietud, belleza. Estas son las cualidades que una gran mayoría de gente percibe en un ciervo, especie tan apreciada entre los adeptos a la caza deportiva, grupo social dedicado al acoso y destrucción de seres vivientes, donde se exalta la vida del animal como presa y su muerte como trofeo.

Con un arsenal cada vez más perfeccionado de rifles, pistolas, fusiles, arcos y flechas, el acto de matar por deporte es un ritual de dominio sobre la naturaleza entendida como objeto de aprehensión. Las miras telescópicas permiten matar desde lo suficientemente lejos como para que el animal ni siquiera perciba el peligro, no importa lo muy adaptado que pueda estar al medio. El objetivo está asegurado de antemano, el riesgo es mínimo: acaso la confusión del blanco por parte de un compañero de juego. La aventura se registra luego con sonrisas y felicitaciones en las mismas fotos donde yace convertido en cadáver el que hasta hace poco disfrutaba de su parte en el reparto de la vida. La mayoría de la gente no caza. Pero el destino de legiones de animales está en manos de quienes creen que la fauna silvestre existe para complacer sus deseos de un exterminio que no solo abarca a los individuos en particular, sino también a sus estructuras sociales: Junto a los millones muertos, millones de huérfanos y jóvenes que no saben cómo cuidar de su grupo pues les faltan los mayores para enseñarles a actuar.

Majestuosidad, quietud, belleza. Estas son las cualidades que quizás sí vea un cazador en un ciervo e ingenuamente crea poder apropiárselas al matarlo. Cazar por deporte solo puede surgir por una confusión entre las fronteras humano-animal, dice la antropóloga Heidi Dahles en su análisis sobre la caza en la sociedad holandesa contemporánea, donde señala que el incremento del gusto por la caza creció en Holanda solamente en “la nueva clase desocupada”.

Muchos comercios rondan a la actividad principal. Cría y entrenamiento de perros, cría de animales para usar como blanco, libros y videos especializados, seminarios de, y restoranes con gastronomía de caza, reclamos: orina de hembra de jabalí, orina de zorro para evitar que el cazador sea olido, empresas de safaris y, por supuesto, armas. La caza está en manos de una absoluta mayoría de hombres, aunque el target apunta cada vez más a captar el público femenino. Psicológicamente ha sido evaluada como una forma de reafirmar la virilidad y la autoestima. Al hablar de virilidad se hace referencia al género y no al sexo. Porque las mujeres también cazan, aunque son minoría. En el excelente estudio “Violencia contra humanos y otros animales: un análisis comparativo del asesinato en serie y el abuso de los animales” (Julio, 1999), Charlene Myers señala los elementos en común entre el asesinato serial y la caza. La similitud del lenguaje aparece en la habitual referencia de muchos asesinos al “ir de caza”, cada noche, por una víctima. Señala la autora cómo lo importante no es su muerte sino todo lo que tendrá que hacer para lograrla. También, la necesidad del “trofeo” del cazador, un paralelo del “souvenir” del asesino serial, que tantas veces consiste en una parte del cuerpo de la víctima. Las semejanzas también aparecen en el uso del camouflage para desplegar su labor.

Los cazadores usan diversos argumentos para apoyar sus actividades. Por ejemplo:

  1. control de la sobrepoblación de animales –pero matan también animales especialmente criados para el juego y cantidad de especies que no precisamente sobreabundan- ;
  2. manejo de la vida salvaje y conservación –eufemismo por programas para asegurarse el reaprovisionamiento constante de materia prima.

Aducen que matan sin producir sufrimiento pero sus relatos personales desbordan de emoción persecutoria: la otra cara del miedo, el acoso y el agobio de la víctima. Se calcula que por cada animal que matan, al menos dos son heridos, los que morirán lenta y dolorosamente de hemorragia, infección o inanición. Los reportes periodísticos evidencian otras víctimas –caballos, vacas, perros y también personas– en el desenfreno de las borracheras post-aventura. ¿Qué queda al final de la jornada? El libro de Marco Denevi, Los asesinos de los días de fiesta, termina con estas líneas: «Los corazones privados de amor se vuelven crueles, codiciosos y feroces como guerreros extranjeros en una ciudad vencida. Se entregan al pillaje y a la matanza de los demás corazones, y convierten los días de fiesta en noches de duelo”. “¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?”, pregunta luego la protagonista.

En Argentina, algún día se querrá “conservar” en el zoológico a los pumas que hoy se destruyen cotizados a un mínimo de 600 pesos en las provincias de La Pampa y Neuquén, donde también se ofrece ciervo colorado, ciervo axis, ciervo dama, jabalí y pecarí. La caza mayor incluye también corzuela, búfalo, antílope y cabra salvaje. La caza menor se compone de perdiz chica y colorada, martineta, patos, palomas, avutardas más liebres, zorros, vizcachas, peludos y carpinchos. Animales en serio peligro de desaparecer como el huemul y el ciervo de los pantanos integran el circuito de la caza ilegal. Los ejemplares salen del país como piezas obtenidas para un fin museológico o científico, o como pertenecientes a animales muertos en cautiverio.

“¿Qué hay de nuestros derechos?”, se quejan los cazadores. Ciertamente. Es también la pregunta que esgrimen los que matan a otros humanos. Pero siempre es posible el juego inocente. Esta es la propuesta para los cazadores: Sería altamente positivo la utilización de un conejo de peluche montado sobre cuatro ruedas, dirigido por control remoto. El sistema que se propone se denomina “caza incruenta”, y fue adoptado por el Zoo Regent Park para que los halcones aprendan a cazar sin necesidad de que mueran animales indefensos. La técnica moderna permitiría incluso sin problemas el montaje de blancos de mayor tamaño.

Publicado en La Unión el 4 de mayo de 2002

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