Las mil y una jaulas [IV]. Lo que les robamos a los elefantes

lo-que-les-robamos-a-los-elefantesEn Las mil y una noches, los cuentos se enmarcan unos dentro de otros, en una figura literaria que responde a la manera en que Scherezade los va contando a lo largo de las mil noches en que intenta salvar su vida, hasta conseguirlo. Hay mil y una jaulas, unas dentro de otras. No sólo confinan a los no humanos sino que aíslan mental y emocionalmente a la gente de la realidad de su esclavitud. Los defensores de los derechos animales necesitamos entenderlas y por eso me gustaría, contar algunas historias.

Aquí está la primera historia: El zoológico y los conservacionistas. Aquí la segunda: El futuro está en los niños.   Aquí la tercera: Las dos pantallas.

Ahora les dejo la cuarta:

Lo que les robamos a los elefantes

Como era previsible, la actual empresa concesionaria del Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires acaba de ganar la licitación para seguir explotando el predio por cinco años más. El diputado Adrián Camps consideró “un verdadero bochorno que aquí donde se rematan los objetos empeñados que nadie viene a buscar se haya rematado una concesión por cinco años del zoológico de Buenos Aires sin tener en cuenta cuál es la mejor propuesta del zoológico para el futuro.” [1] Parecería que en manos privadas, aún sin perder la propiedad, cualquier proyecto de convertirlo en un paseo SIN animales se torna imposible, tal como sería intentarlo con los actuales zoológicos privados de Argentina.Una vez más, el problema a resolver está donde estuvo siempre: en la puerta de entrada.

Ahora mismo acaba de entrar una niña con su hermano y su madre para “ver a los animalitos.”

—Mami, mami, ¿qué…? —grita Celeste con los ojos fijos en el elefante que berrea alzando su trompa.

—No grites, ya nos vamos, ¿qué querés ver?, allá están las jirafas….

—Mami, mami, ¿pero qué…? —otra vez Celeste, con voz más fuerte aún.

—Tomá, comé despacio pero vamos que va a largarse a llover en cualquier momento.

Apoyada contra la baranda de uno de las áreas de descanso, mientras masticaba los últimos bocados del sándwich que le había dado su madre, Celeste trataba de recordar lo que había leído en un libro. Caminan menos, eso. Entonces los cuidan limándoles las uñas. Caminan menos que cuando están en libertad. Acá están encerrados, acá no están en libertad… Todavía escuchaba al elefante y aunque quería regresar al lugar donde se hallaba, había que seguir las flechas que indicaban cómo recorrer el circuito, que venía a ser lo mismo que obedecer a su madre. Después de un rato, con la puerta de salida ya enfrente, Celeste seguía escuchando al elefante, mami, mami, ¿qué es lo que…?

—¡Mirá un patito! Sacale una foto, Gonzalo —fue  la respuesta esta vez.

En la parada del colectivo, la voz del inmenso animal triste y gris no la abandonaba. Pero por ahora no iba a preguntar.

Mientras tanto, los zoológicos se declaran conservadores (de especies) y educadores (de niños y porqué no adultos). Y los que defendemos a los animales enfrentamos una realidad demencial. A los elefantes, como a tantos otros, no solo les robamos la dignidad en circos y zoológicos, o haciéndolos trabajar como animales de carga tanto como se lo hizo en pasadas guerras. Se masacran hoy 25.000 elefantes por año debido al mercado del marfil para uso religioso. En Camerún, por ejemplo, se perpetró una matanza con granadas, juzgada como la más espantosa de las últimas décadas, que resultó en la aniquilación de más de 300 paquidermos. “Aunque muy reducido comparado, por ejemplo, con el de China, el mercado de marfil filipino es centenario y escandalosamente visible”, dice Bryan Christy en el artículo del National Geographic. Agrega que CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres), que había buscado la veda de los años 80, cuando se mató a la mitad de los elefantes africanos, “ha hecho la vista gorda con el tráfico de marfil en Filipinas”, y se pregunta entonces qué más habrá pasado por alto. [2] En la misma edición de esta revista, se hace referencia a los juguetes especiales que el zoológico de Buttonwood Park en Massachusetts ha puesto a disposición de dos elefantas, “diseñados para ser atractivos de acuerdo con la naturaleza social, psicológica e inteligencia de los paquidermos.” [3]

Cierto es que el zoológico de Buenos Aires está preocupado en la problemática animal/ambiental, al mejor estilo ecologista. Da cursos para pequeños cuidadores, tiene escuela de instructores ambientales. Recibe además a los niños en sus colonias de vacaciones, tiene actividades especiales para cumpleaños junto a los animales, charlas educativas, cursos de fotografía para los amantes de la naturaleza y hasta visitas guiadas de noche. Con todo esto se asegura la construcción de subjetividades para sustentar el control y dominación de la otredad animal no humana durante muchísimo más de cinco años.

Supe que meses después de su primera visita, quisieron llevar a Celeste nuevamente al zoológico, a lo que se negó rotundamente. Lo hizo porque nunca creyó  en la veracidad de la respuesta que finalmente le había dado su madre cuando, al día siguiente, insistió con aquella pregunta:

—Pero es que el elefante no dice nada, Celeste. Los animales no hablan.

Notas

[1] La Nación, 18 de octubre de 2012. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/1518693-el-zoo-de-buenos-aires-seguira-con-el-mismo-dueno-por-5-anos-mas

[2] “Devoción al marfil”, por Bryan Christy, National Geographic en español, octubre de 2012, p.2.

[3] “Juguetes para elefante”, por Catherine Zuuckerman, National Geographic en español, octubre de 2012.

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