Somos como ellos

Los defensores de los otros animales solemos alentar a desarrollar la empatía para con ellos a través de la idea de que son “como nosotros”. Se “nos parecen” lo suficiente como para tratarlos con la misma consideración moral. Así es: sufren, gozan… sienten. Sin embargo, avanzando hacia el objetivo de considerarlos como semejantes, entro a menudo en contacto con una idea que me lleva al otro lado del espejo: nosotros somos como ellos. Y me gusta como forma de alentar la igualdad. Los contenemos en cuerpos que han conocido los suyos en una historia de memorias olvidadas para nuestra evolucionada corteza cerebral. ¿No es acaso cada buen cambio que nos invitan a dar para ser “felices” o resolver nuestros problemas, un paso hacia lo que nos hace más parecidos a ellos? Se trataría de situarnos más en el momento presente, en el tiempo del preciso instante, y no porque ellos no tengan recuerdos o ideas de futuro. Desde ahí podemos intentar despojarnos de los disfraces con que cubrimos los miedos que nos impiden aceptarlos como iguales en lo que son iguales. Las diferencias no sirven para justificar la opresión que sobre ellos ejercemos, y muchas de ellas nos sumergen en el pozo abismal de las falencias propias. Cito a Lord Byron, respecto de su propio perro, “bello sin vanidad/ fuerte sin insolencia/valiente sin ferocidad”. Y eso que a los perros ya les hemos inoculado las mezquindades de la condición humana.

Es casi hasta ridículo ocultar la igualdad entre la mente animal no humana y la humana. Una diferencia clave, de todas formas, es la construcción de soberbia que con ella hacemos los humanos para evitar aceptar nuestra condición de animales mortales ocultándola en una supuesta superioridad expiatoria. Pero si somos como ellos, nuestras “superiores” cualidades devienen de ellos en su sentido más puro, y el círculo se revierte. Podemos construir aviones pero no podemos volar. Podemos trasladarnos en aviones, pero hacerlo tiene un costo muy alto, en los varios sentidos que conocemos bien. Las hojas de ruta dependen de tantas computadoras, sistemas organizativos y disponibilidad económica que creer que esto es superarlos podría ser casi para la carcajada. Nosotros lo sabemos. Perdimos mucho con la ganancia de nuevas neuronas aptas para pensar que no estamos usando para evitar el sufrimiento en el mundo sino todo lo contrario.

Cuando los halcones migratorios y los gavilanes migran, comparten el espacio con estorninos y zorzales sin intención de atacarlos. Las −en otro momento− “presas” lo saben, y por eso van cerca de ellos, volando con total confianza. La experiencia del animal no humano parece ser siempre más armónica con lo que lo rodea y necesita que la nuestra. Ninguna comunicación –incluyendo las engañosas nuevas comunicaciones virtuales− iguala a la de los seres que pueden entenderse sin palabras.

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