Reflexión ética y literatura: “La voz de los otros”

La voz de los otros - AboglioJunto a las categorías conceptuales que desarrollan posturas éticas determinadas, la narrativa cumple un papel análogo desde su posibilidad de “construir realidad”. En el caso, nos interesará una palabra que haga pensar en una relación muy diferente a la hoy aceptada en relación a la gran mayoría de los animales sintientes.

Con el propósito de ejemplificar esta afirmación, voy a presentar el proceso de desviación discursiva que tiene lugar en la protagonista del cuento La voz de los otros, a partir de ese grito silencioso que experimenta en su encuentro con quien podemos pensar como paradigma de ese mal. [1]

En el relato se narra el encuentro entre una mujer y un hombre que aun guardan los afectos que los habían unido durante la adolescencia, a pesar de que llevaban años sin saber nada el uno del otro. Ambos han tenido otras parejas e hijos pero ahora no mantienen ninguna relación.

Por la ilusión de un reencuentro y el aluvión de sensaciones en el que la ha sumergido la sorpresiva reaparición de su ex, Laura está impactada, azorada, pero a la vez deseosa de volver a verlo después de veinte años. Rumbo a la confitería donde van a encontrarse en la Costanera porteña, comienza a sentirse profundamente invadida por los recuerdos que había reducido casi hasta el olvido. Está tensa. Descubre una horrible mancha en sus zapatos de tela, se molesta por su perfume en demasía y, también, por saberse en tren de seducción. No puede dejar de imaginar el momento por venir, en el que lo verá aparecer finalmente. Al bajar del taxi escucha una frase: “Buenos Aires crece. Las guerras maduran a los pueblos”. [2] Pero no sabe si lo dijo el taxista u otra persona, ni le importa. Durante los interminables minutos de la espera, medita respecto de lo que amaba tanto como de lo que la alejó de él, aun en tiempos en que la defensa de los animales a la que hoy se dedicaba, apenas estaba en marcha. Y recuerda otras ideas de él, que tampoco le gustaban.

Durante el transcurso de la noche, sin embargo, un (des)encuentro se infiltra casi inconscientemente, sin que pueda entender qué le sucede. Experimenta un extraño cansancio, un peso acumulativo que cierra su garganta de a poco impidiéndole expresarse. Es un agotamiento que cabalga entre lo que escucha decir al Maxi que tiene delante y un pasado que la cerca con pantallazos. Un desaliento inconsciente que asoma con indicios en esas frases de autores conocidos que le vienen a la mente pero que no recuerda quién las dijo. Laura se ralentiza en el intento de aceptar que lo que entonces no soportaba de él allí estaba intacto. Ella, sin embargo, ha cambiado, pero no puede decirlo, porque no le sirve el lenguaje que tiene a mano para hacerlo. Se da cuenta de que es un problema más profundo que el que ya conocía, sin arreglo, y que no tiene elección porque inevitablemente nunca podrá estar de nuevo con ese hombre: Maxi encarna el paradigma de la sociedad especista. El contrapunto entre sus sentimientos aun sobrevivientes y el rechazo por lo que va escuchando, entendiendo, corroborando, la está hiriendo profundamente. Fracturada, no puede más que sentir ese creciente cansancio que casi la duerme mientras sigue escuchando susurros trayéndole frases que reprimen lo único que le importa: el “animal trotando ante la palabra que se ocultó”. [3] El animal vivo, en libertad.

Cuando regresa a su vivienda, mientras el “dolor inmarcesible” del desencanto comienza a evaporarse junto al pasado, se pregunta qué hará con esa campera con cuello de piel que le acaban de regalar. Pero no lo siente como una ofensa a “su” veganismo. Ahora está viendo al animal asesinado junto al Maxi que no lo ve, lo que es sugerido en el relato cuando dice que tiene que repetirse a sí misma que “lo hizo con cariño inocente porque él no sabe…” [4] Es una inocencia en la que ya no cree: Maxi representa a todos aquellos que, aun sabiendo, eligen o siguen eligiendo dañar a otros. Y con este descreimiento alcanza su mayor compromiso con la causa que abraza, pues sabe que aceptarlo significa un adiós definitivo, a pesar de que Maxi esperaba reiniciar la relación.

Con la última de las citas que escucha, ya no se pregunta quién lo dijo, porque ya no importa. Toma una del día siguiente lapicera y es ella quién dirá, escribiendo lo que podría ser la apertura para una próxima disertación. Pero lo escribe en registro literario, esbozando el nacimiento de una narrativa diferente: “Los millones de animales no humanos torturados y masacrados a diario están gritando. Su lenguaje es hoy, todavía, entendido por pocos. Si pudieran hablar, un ensordecedor reclamo de liberación haría vibrar el planeta y, tal vez más aún, todo el Universo”. [5]

Queda planteada entonces la función de la literatura como formadora de conciencia moral. En el caso de la opresión de los otros animales sintientes, pueden relatarse situaciones generales pero también historias concretas que describan quiénes son y el daño que les infligimos, asociado a una postura abolicionista. Narrar ese daño, denunciarlo, documentarlo, criticar sus cimientos, definir a los victimarios que fomentan y defienden su perpetuación, incluso condenarlo con sarcasmo novelesco, es dar voz a millones de víctimas, reclamando por la injusticia que soportan más allá del grado o tipo de sufrimiento o muerte que les provoquemos. En el cuento de referencia, Laura nos dice que no estamos escuchando el grito del cual somos nosotros los responsables.

Notas

[1] Aboglio, Ana María, “La voz de los otros”, en La voz de los otros, Persé, Buenos Aires, 2004.
[2] Ibídem, p. 25.
[3] Celan, Paul, del epígrafe de La voz de los otros.
[4] Ibídem nota 1, p. 33.
[5] Ibídem, p. 33.

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